Pinky Swear

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Sinopsis

"¿Así que estás diciendo que si te besara ahora mismo, no sentirías nada?", preguntó él, acercándose a mí mientras yo no podía retroceder más por culpa de un estúpido escritorio a mi espalda. "Eh... totalmente", respondí. "Bien entonces, pongamos a prueba esa teoría, ¿te parece?". Y sus labios se posaron sobre los míos. Sam y Ryan habían sido mejores amigos cuando eran pequeños y no podían vivir el uno sin el otro. Hicieron un pinky swear de que nunca se abandonarían, pero entonces Sam se mudó, rompiendo su promesa. Y ahora ella ha vuelto y Ryan no está del todo feliz de verla.

Genre
Romance
Author
Sky Angel
Status
Completado
Chapters
40
Rating
4.8 188 reviews
Age Rating
13+

Capítulo 1: Promesas rotas

Estaba en mi cama, vestida con unos jeans oscuros, un crop top verde y mi largo pelo castaño recogido en una coleta. Mi maleta estaba llena en el suelo, pero todavía no la había cerrado.

Tenía una foto vieja en la mano. En ella aparecía yo en un parque cuando tenía diez años, con el brazo rodeando el cuello de un niño pequeño en tono de juego. Yo llevaba unos shorts rojos y una camiseta azul. El niño vestía unos pantalones anchos azules y una camiseta blanca de tirantes.

Había árboles al fondo y niños jugando en el césped. Acabábamos de graduarnos de la primaria en ese entonces. Decidimos celebrarlo en el parque con mi hermano, Jaxon, que fue el fotógrafo.

El niño se llamaba Ryan Adams. Aunque él era un año mayor que yo, en ese tiempo yo era más alta.

Ryan y yo éramos mejores amigos desde que se mudó al lado de mi casa a los ocho años. Llegó con sus padres y su hermanita pequeña. Se podría decir que nuestro barrio estaba lleno de gente rica y elegante, y los padres de Ryan tenían muchísimo dinero. Su madre es una abogada de prestigio y su padre es cirujano. Por desgracia, eso hacía que casi nunca estuvieran en casa.

Aún recuerdo cuando los Adams se mudaron y mis padres fueron a darles la bienvenida. Luego nos invitaron a cenar a su casa. Fuimos mi hermano mayor, Jaxon, y yo.

Ryan era uno de los chicos más tímidos que había conocido en mi vida. Quizás el que más. Bajaba la cabeza cada vez que alguien lo miraba o le hablaba. En esa época, tartamudeaba mucho cuando respondía a cualquier pregunta.

Sus padres y los míos estaban en la sala viendo un programa. Mientras tanto, Jax, que tenía diez años, intentaba enseñarle el abecedario a Kira, la hermana de Ryan de dos años. Aunque estoy segura de que la niña no entendía ni una palabra de lo que él decía.

Había escuchado a Ryan murmurar que estaría arriba en su cuarto. Decidí ir a buscarlo porque no me gustaba el programa que veían los adultos. Tampoco se me daban bien los bebés. Subí las escaleras y casi me pierdo, hasta que vi una puerta entreabierta. Toqué y escuché algo caer al suelo. Entonces oí la voz asustada de Ryan:

—¿Q... quién anda ahí?

—Soy yo, Sam —respondí. Escuché sus pasos antes de que abriera más la puerta. Se quedó frente a mí, con la mirada clavada en el piso.

—¿N... necesitas algo? —preguntó con la voz temblorosa.

A diferencia de él, yo no era nada tímida ni me ponía nerviosa con la gente. Me gustaba hacer amigos. Al mirarlo, me pareció lindo. Tenía el pelo negro con gel y sus ojos marrones destacaban mucho.

—No. Solo quiero pasar el rato —contesté.

—¿C... conmigo? —parecía sorprendido.

—Bueno, no hay nadie más aquí... así que sí. —Pasé por su lado y lo dejé pasmado en el umbral. Su cuarto era azul y estaba impecable. La cama estaba hecha con sábanas azules y tenía un escritorio lleno de libros ordenados en una esquina. Había un cubo de Rubik en el suelo; seguramente se le cayó cuando toqué la puerta.

—Tu cuarto se ve muy... ordenado. El mío parece una granja, según mi mamá —bromeé. Me pareció ver que sonreía, pero enseguida volvió a mirar al suelo.

—Bueno, p... podría ayudarte a limpiarlo si quieres. —Esta vez no tartamudeó tanto, lo que me sorprendió. Sin embargo, su voz aún vibraba. Quise molestarlo un poco, así que cerré el puño y lo miré con cara de pocos amigos.

—¿Qué quieres decir con eso? ¿Que no sé limpiar sola? ¿Te crees más limpio que yo? —pregunté dando un pisotón infantil.

Pero lo que hizo después me dejó helada. Se le llenaron los ojos de lágrimas y empezó a pedir perdón mientras le rodaban por las mejillas.

—N... no, lo... lo siento. E... eso no es lo que quería decir. Yo...

—¡Oye! No, por favor, no llores. Solo estaba bromeando. Para, por favor. No lo decía en serio. —Traté de consolarlo y lo abracé hasta que sus sollozos se calmaron.

—¿N... no me vas a pegar? —Eso me rompió el corazón. ¿Por qué pensaría algo así?

—Ryan, ¿cuántos años tienes? —le pregunté, llevándolo a la silla de su escritorio para que se sentara.

—Ocho —me dijo parpadeando.

—¿Y por qué crees que una niña de siete años, como yo, querría pegarte?

—Por n... nada —tartamudeó. Entonces me di cuenta de que lo hacía cuando estaba nervioso, asustado o mentía. Y ahora estaba mintiendo.

—Está bien. Puedes confiar en mí. —Le puse la mano en el hombro para calmarlo mientras él jugueteaba con sus dedos.

—Prométeme que no se lo dirás a mi papá ni a mi mamá.

—Lo prometo.

Dudó un poco antes de hablar: —Los niños de mi otra escuela eran malos... muy malos. Y más grandes. Me pegaban o me empujaban cuando el profesor me felicitaba por sacar la nota más alta. Lo hacían solo por molestar. Creo que yo era el más listo de la clase y todos me odiaban por eso. También era el más pequeño, así que era fácil meterse conmigo. —Noté que no tartamudeó ni una vez. Ya no estaba nervioso conmigo y eso me hizo sentir que había logrado algo.

—¿Tus padres no te veían los moretones? —pregunté, asombrada de que pudiera ocultarlos.

—Siempre están ocupados y no ven nada. Además, soy muy bueno escondiéndolos de las empleadas de servicio —dijo con orgullo.

—No es bueno ocultarles algo así a tus papás. —Me senté en su cama, sintiéndome cansada.

—N... no, n... no pueden saberlo. Si se enteran, mi mamá se preocupará demasiado y me sentiré mal. Ella ya trabaja mucho. No quiero estresarla más. —Bueno, volvió el tartamudeo. Estaba nervioso otra vez. —Además, como nos mudamos, ya no volveré a esa escuela.

—Sí, es cierto. Podrías venir a mi escuela —sugerí antes de soltar un bostezo. Me acosté en la cama con los pies colgando por el borde. Tenía sueño y me encantaba dormir.

Estaba boca arriba mirando el techo cuando escuché sus pasos. Él también se subió a la cama conmigo, pero se puso de lado, mirándome.

Me giré hacia él con los ojos pesados. Entonces lo oí decir:

—Eso sería genial. —Solo sonreí. No pude resistir más y me quedé profundamente dormida.

Ese día, mis padres y los suyos me buscaron por todas partes. Al final, la señora Adam me encontró en el cuarto de Ryan. Estábamos los dos durmiendo, uno frente al otro.

Desde entonces, Ryan y yo fuimos inseparables. Nos volvimos mejores amigos y él iba a donde yo iba. Fuimos a la misma primaria y secundaria porque él quería estar siempre conmigo. Éramos uña y carne.

Aprendí mucho sobre él. Por ejemplo, que sus padres no lo metieron a la escuela temprano porque era más pequeño que los demás niños. Pero al ver que no crecía mucho después de un año, lo inscribieron de todos modos porque era muy inteligente y tenía ganas de aprender. Supe que le daban miedo las alturas y que era adicto al chocolate, pero odiaba las fresas.

Prácticamente lo conocía mejor que su propia madre. Yo era su única amiga, ya que no se sentía cómodo con nadie más. Aunque yo tenía otros amigos, tanto niños como niñas, Ryan seguía siendo mi favorito.

No podía ir a ningún lado sin mí. Una vez me enfermé y no pude ir a clase. Cuando se enteró, él también dijo que estaba enfermo y pasó todo el día conmigo. Sus padres lo consentían mucho y le daban todo lo que quería, así que se salió con la suya.

Casi nunca peleábamos. Él odiaba discutir conmigo y aceptaba rápido cualquier cosa que yo dijera. Siempre pedía perdón, incluso cuando la culpa era mía. Supongo que no quería perderme, aunque yo le aseguraba a diario que nunca lo dejaría. Quizás por eso, al empezar la secundaria, me hizo hacer una promesa de "dedo meñique": que nunca lo abandonaría, pasara lo que pasara. Como era una niña, lo hice. Yo también quería verlo feliz siempre; se veía más lindo cuando sonreía.

Pero no sabía que, tres años después, tendría que mudarme a casa de mi abuela y no podría cumplir esa promesa.

Recuerdo perfectamente cuando mis padres me dijeron que la mamá de mi papá no estaba bien de salud. Se enfermaba muy seguido. Ellos no podían ir a cuidarla por el trabajo. Mi mamá era contadora y mi papá médico, así que solo podían ausentarse poco tiempo. Necesitaban que alguien se quedara con ella de forma permanente.

Mi abuela se negaba a venir a vivir con nosotros. No quería dejar su pueblo ni su casa. Decía que allí tenía demasiados recuerdos de mi abuelo y no estaba lista para abandonarlos. También se negó a ir a un asilo. Según ella, aún era muy joven para eso, aunque ya pasaba de los setenta años.

Así que mis padres no tuvieron otra opción. Alguien tenía que ir a cuidarla. Mi hermano Jax era el Quarter Back del equipo de fútbol y no podía irse. Yo era la única opción. No pude decir que no porque quería mucho a mi abuela. Podía ser una vieja cascarrabias, pero era la mejor cocinera y contaba las mejores historias. Preparaba los platos más ricos del mundo y consentía mucho a sus nietos.

Incluso me sentía un poco emocionada por la noticia. Pero cuando se lo dije a Ryan, no le hizo ninguna gracia.

—No te preocupes, Ryan. Vendré a visitarte en vacaciones y tú puedes venir también si quieres. —Estaba en su cuarto intentando que entendiera que mi partida no era el fin del mundo.

Estaba sentado a mi lado en la cama, suplicándome que no me fuera. Pero yo no podía decirles a mis padres que no quería ayudar a mi abuela. Eso me haría parecer una desalmada. Y aunque me dejaron claro que yo podía elegir, no pude decirles que no.

—Prometiste que no me dejarías. ¡Lo prometiste! —Ryan empezó a gritarme—. ¡¿Cómo voy a empezar la preparatoria yo solo?!

—Seguro que hay otros chicos que quieren ser tus amigos, Ryan.

—¿Sí? ¿Cómo quién? ¿Tanya? Que me ignora cuando habla contigo. ¿O Bob? Que piensa que todavía debería estar en la primaria por mi estatura. —Como dije, yo era su única amiga. Me sentía fatal por dejarlo.

—Jax se queda aquí.

—¡Él está en último año!

—No me iré para siempre. En cuanto mi abuela esté bien, pediré el traslado de vuelta a tu escuela. Lo prometo. Podemos hablar por teléfono y...

—¿Y qué? Quieres hacer más promesas cuando no pudiste cumplir la primera. No quiero oír más. Solo vete. No te quiero aquí. —Me cortó de golpe.

Sus palabras me dolieron. Intenté acercarme a él: —No dices eso en serio...

—Sí lo digo —respondió. Se bajó de la cama y caminó con su cuerpo menudo hacia la ventana. Supe entonces que quería estar solo. Así que me levanté y fui hacia la puerta.

—Me voy pasado mañana. ¿Quieres quedarte a dormir hoy o mañana? —pregunté antes de salir, pero no obtuve respuesta. —Está bien. Te avisaré cuando esté por irme. —Seguía sin responder. Cómo podía ser tan infantil un chico de catorce años.

En fin.

Lo cierto es que Ryan nunca vino a dormir a mi casa. Y cuando intenté ir a la suya, las empleadas dijeron que no quería ver a nadie. Tampoco salió a despedirme cuando me fui. Ni siquiera me llamó cuando llegué a casa de mi abuela, ni me contestó el teléfono. Al final, dejé de intentarlo. Fue entonces cuando supe que nuestra amistad se había roto. Y tal vez nunca se arreglaría. Todo porque rompí mi promesa.

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