Prólogo
Lo único que he conocido es el dolor. No recuerdo ni un solo momento en que no sintiera un pinchazo en el cuerpo. Para mí, esto se ha vuelto lo normal. No sé qué se siente al tener el sol en la cara. Tampoco sé lo que es mirar la luna y las estrellas. A decir verdad, ni siquiera sé qué son esas cosas.
He estado encerrada toda mi vida.
Golpeada, torturada, atormentada.
Todo lo que conozco son mis cuatro paredes. Tengo un montón de heno en el suelo que me sirve de cama y un cubo para mis necesidades. Para mí, esto es lo natural.
Solo recibo la visita de una persona. Él dice ser mi padre.
No sé si es verdad o no. No tengo ninguna otra referencia en mi pequeño y triste mundo. Lo que sí sé es que oigo voces. Bueno, solo una voz.
Ella dice que es mi loba y que está conmigo para mantenerme fuerte. No quiere que pierda la esperanza de escapar de este infierno. Una vez me convenció para que la dejara tomar el control. Como no tenía nada más para entretenerme, la dejé. Yo tenía cuatro años. El dolor fue insoportable, pero aun así no fue tan malo como algunas de las palizas de mi «padre». Sentía cómo mis huesos se rompían uno a uno. Parecía que me estaban arrancando la piel del cuerpo. Durante todo ese proceso, no solté ni una palabra ni un gemido.
Me cortaron las cuerdas vocales hace mucho tiempo. Mi «padre» lo hizo para no tener que escuchar mis gritos cuando me torturaba.
Cuando el dolor se fue, desperté en un mundo muy diferente. Podía ver mejor mi pequeña habitación. Todos mis sentidos eran más agudos y claros. Además, lo veía todo desde una altura distinta.
Al mirarme las manos, vi que tenía patas. Me sentí confundida pero no le di importancia. De nuevo, no tenía a nadie que me dijera que esto no era normal. Mi loba me habló y me explicó que así nos veíamos cuando ella mandaba. Le pregunté si yo podía volver y ella me dejó.
Esta vez no me dolió y le pregunté por qué. Me dijo que la primera transformación es la más difícil. A partir de ahora, todo sería más fácil. Me encogí de hombros y me quedé dormida.
Desde entonces, mi «padre» siempre me pedía que me transformara. Mi loba me decía que no lo hiciera. Decía que, si descubría que podía hacerlo, me iría mucho peor. Le hice caso y nunca me transformé delante de él.
No sé cuántas veces me hizo esa misma pregunta. No tengo idea de cuánto tiempo pensaba tenerme encerrada, lejos del resto del mundo.
Algún día saldré de aquí. Algún día sabré qué se siente al estar al aire libre y no vivir enjaulada. Uno de estos días, él volverá a preguntar. Entonces le mostraré lo que soy y me escaparé de él para siempre.








