PRÓLOGO
Prólogo.
El ambiente en la fraternidad era un caos de música distorsionada y un aire denso, saturado de feromonas mezcladas que hacían que a Amin le picara la nariz. Se abrió paso entre los cuerpos que sudaban en la oscuridad, sosteniendo dos vasos de plástico que ya empezaban a entibiarse. Había pasado los últimos veinte minutos buscando a Alaric; se suponía que ese era su momento, el festejo por haber sobrevivido a los parciales de segundo año.
Dobló por el pasillo del segundo piso, buscando un poco de aire. El ruido de la fiesta abajo se volvió un zumbido sordo. La puerta de una de las habitaciones al final del corredor estaba entreabierta, dejando escapar una línea de luz mortecina y un aroma que Amin reconoció al instante: la menta fresca de Alaric.
Pero no estaba solo.
Amin se detuvo, el plástico de los vasos crujiendo ligeramente bajo la presión de sus dedos. El olor de Alaric estaba envuelto por otro aroma, uno dulce y empalagoso que conocía demasiado bien: durazno maduro. Era el aroma de Mishka.
Empujó la puerta con el pie, lentamente.
La escena fue un golpe seco en el estómago. Alaric tenía las manos enterradas en los muslos de Mishka, quien estaba sentado sobre un escritorio, con la camisa abierta y el cuello expuesto. Se besaban con una urgencia que no dejaba lugar a dudas; no era un error de un segundo, era un hambre lasciva. Mishka soltó un jadeo, inclinando la cabeza hacia atrás, y fue entonces cuando sus ojos se encontraron con los de Amin.
El silencio que siguió fue más ruidoso que la música del primer piso.
Alaric se separó con lentitud, limpiándose los labios con el dorso de la mano. No hubo sorpresa inmediata, solo una pesadez culpable que rápidamente se transformó en fastidio. Mishka, por su parte, ni siquiera se molestó en bajarse del escritorio; se limitó a abotonarse un solo ojal de la camisa, mirando a Amin con una mezcla de lástima y triunfo.
—Amin —soltó Alaric, su voz sonando ronca, saturada de las feromonas del otro omega—. No tenías que subir.
Amin sintió que el contenido de los vasos le quemaba las manos. Miró a Mishka, el amigo que le había prestado apuntes ayer, el mismo con el que compartía cafés entre clases de psicopatología.
—¿Mishka? —La voz de Amin salió en un susurro, casi inaudible.
Mishka suspiró, saltando del escritorio con una gracia felina. Se acercó a Amin, deteniéndose justo en el límite de su espacio personal. El aroma a durazno era ahora agresivo, territorial.
—Amin, no me mires así. Las cosas entre tú y Alaric ya estaban estancadas, ¿no? —Mishka ladeó la cabeza, observando la palidez de su amigo—. Pasó lo que tenía que pasar. Nos enamoramos. No puedes obligar a un Alfa a quedarse en un lugar donde ya no quiere estar..
Alaric se colocó detrás de Mishka, rodeando su cintura con posesividad. Esa marca en su cuello fue el detonante. Amin soltó los vasos; el líquido se desparramó por sus zapatos y el suelo, pero no le importó.
—Llevamos dos años juntos, Mishka. Eres mi mejor amigo —dijo Amin, sus ojos fijos en los de él, buscando un rastro de vergüenza que no encontró.
—Y por eso mismo deberías alegrarte por mí —respondió Mishka con frialdad—. Alaric necesita a alguien que esté a su nivel, Amin. Alguien que no sea tan... predecible. Lo sentimos, de verdad, pero no voy a dejarlo solo porque tú llegaste primero.
Amin retrocedió un paso, sintiendo cómo la humillación se transformaba en algo más denso y oscuro en el fondo de su garganta. Miró a la pareja: el alfa que juró protegerlo y el omega que conocía todos sus secretos. Se veían perfectos juntos, enmarcados en la riqueza y la arrogancia de quienes se creen intocables.
—Entiendo —dijo Amin después de un largo silencio. Sus hombros se relajaron y su expresión se volvió gélida, vacía de la calidez que siempre lo había caracterizado—. Tienes razón, Mishka. Las cosas simplemente... cambian.
Se dio la vuelta sin decir una palabra más. Mientras bajaba las escaleras, ignorando los gritos de la fiesta, la imagen de la sonrisa de suficiencia de Mishka quedó grabada en su mente. No lloró. Su cerebro, entrenado en los mecanismos de la mente humana, ya estaba descartando a Alaric como una pérdida irrelevante.
Su mirada se perdió en la distancia, visualizando la mansión de los Vega, el lugar donde Mishka se sentía seguro. Si su “amigo” quería quitarle lo que amaba, él le devolvería el favor. Pero no iría tras un alfa de segunda categoría como Alaric. Iría tras el origen de todo. Iría tras Emmett Vega.








