El Último Beso de Eros

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Summary

Tamara Díaz no cree en el amor. En un mundo donde la emoción parece extinguirse, su vida cambia al conocer a Ethan, un librero con una sonrisa triste y un secreto imposible. Lo que Tamara no sabe es que Ethan es Eros —el dios del amor— castigado por amar a una mortal y condenado a olvidar quién fue. Juntos descubrirán que el amor no es una promesa divina, sino un acto humano: elegir, una y otra vez, a quien puede romperte el corazón. El Último Beso de Eros es una historia sobre la belleza del sacrificio, la fragilidad de lo eterno y la chispa que incluso los dioses envidian: amar, aun sabiendo que dolerá.

Status
Complete
Chapters
17
Rating
5.0 2 reviews
Age Rating
16+

Cupido en terapia

Ethan Rose tenía una regla: nunca poner velas en la consulta. Las velas olían a boda prematura, a intento desesperado, a “compremos un pug para salvar la relación”. Su consulta olía a café tostado y libros viejos, y a él le bastaba. Había ropas de abrigo colgadas en el perchero, un ventanal con vista a un trocito de Nueva York que nunca salía en las postales —un callejón con grafitis y un puesto de hot dogs—, y dos sillones frente al suyo, separados por la mesita baja donde descansaban los pañuelos.

En la pared, enmarcado, el título que a la gente le hacía creer que él también creía en los títulos: Doctor Ethan Rose, Terapeuta de Pareja. Era falso, claro; el papel lo había obtenido con un par de favores y un examen al que mandó a un sustituto (gracias, Hermes). Pero funcionaba.

Lo que ya no funcionaba era lo otro.

—Entonces —dijo Ethan, cruzando la pierna—, ¿qué sienten que necesitan del otro que no están recibiendo?

—Que saque la basura —dijo él, con un tono que llevaba años oxidándose.

—Que me mire cuando le hablo —dijo ella, con la mirada clavada en su teléfono.

Treinta y dos minutos antes, Ethan había tomado una decisión pequeña que antes ni pensaba: no abrir la alacena. Porque en la alacena había una caja larga, de madera oscura, con un broche que no chirriaba. Dentro, flechas que ya no volaban. No era que se hubieran roto; era que el mundo había aprendido a esquivarlas.

—Básicamente —continuó ella, sin levantar la vista del teléfono—, cuando llego a casa me encuentro con un mueble con patas y barba que juega en línea con veinte desconocidos y no sabe que existo.

—No son desconocidos —replicó él—. Son del trabajo.

—Trabajas en una empresa de seguros.

—Hacemos team building —dijo él, como quien explica la fotosíntesis.

Ethan hizo lo que hacían los terapeutas en las series. Asintió. Hizo un sonido que estaba entre “mmm” y “ya veo”. Sonrió con comisuras. Y mientras tanto sintió, como una punzada suave, el impulso antiguo de lo que siempre había sido: levantar la mirada, elegir con el instinto una flecha precisa —no la roja del arrebato ni la azul de la ternura—, tensar el arco con la misma mano con la que hojeaba expedientes, y disparar. Una flecha, un recuerdo compartido, una tarde de domingo en la que él la miró sin querer mientras ella cantaba desafinada; una chispa. Y adiós, basura acumulada y videojuegos.

Pero nada de eso. El mundo ya tenía demasiados charcos que habían sido océanos.

—¿Podemos intentar un ejercicio? —preguntó Ethan, apoyando las manos sobre los muslos—. Míren… mírense un minuto. Sin hablar.

Ella dejó el teléfono lentamente, como si fuera una granada. Él entrecerró los ojos, incómodo. Se miraron. Contó hasta sesenta en silencio. Sintió el impulso de la alacena, el cosquilleo antiguo en los dedos —esa electricidad que antes recorría la cuerda del arco y ahora no encendía ni una lámpara de mesita—.

Al segundo treinta y tres, ella bostezó. Al cuarenta y ocho, él volvió a mirar la alfombra.

—¿Ves? —dijo ella—. Ni siquiera puede sostenerme la mirada.

—Tengo alergia al polen —dijo él.

—Es enero —dijo ella.

—Hay polen en enero —insistió él, ofendido por la botánica.

Ethan respiró. Recordó, involuntario, un salón de mármol, una risa conocida, una diosa con labios color granada diciendo: No fuerces, niño. El amor llega cuando llega. Y recordó también la segunda parte, la que nadie graba en las ánforas: …y cuando no, empújalo un poco.

No empujaría nada. No hoy. Había decidido que ese sería un día de terapia sin milagros.

La sesión terminó con un acuerdo de “escucha activa” y una lista de compras compartida en el teléfono de él. Se levantaron sin darse la mano.

—Gracias, doctor —dijo ella, guardando el celular.

—Sí. Gracias —repitió él, que ahora tenía una lista que decía sacos de basura con tres signos de admiración.

—Nos vemos la próxima semana —añadió Ethan.

—Si seguimos juntos —dijo ella.

—Si encuentro sacos biodegradables —dijo él.

Cuando se fueron, la consulta recuperó su silencio con un suspiro. Desde el callejón entró una bocanada de aire frío que olía a humo dulce y a promesas que no alcanzan para pagar el alquiler. Ethan se dejó caer en su sillón y miró la alacena. Sintió el latido de la madera contra su mirada. Sintió también lo otro: el cansancio de siglos que no suma, que solo se posa encima.

Sacó el teléfono. Un mensaje nuevo: Hermes. No decía “Hermes”; decía Harry & Co. Courier Service, porque a los que sobreviven les gusta jugar.

Hermes: ¿Bebemos o bebes solo?

Ethan: Estoy en consulta.

Hermes: Traducción: bebes solo.

Ethan: No.

Hermes: Tu madre pregunta por ti.

Ethan: Dile que me morí.

Hermes: Lo dije. No coló. Dice que llames.

Ethan: Luego.

Hubo un silencio. Después, otro mensaje, uno más largo.

Hermes: No quiero echarte sal en la herida (mentira: sí quiero), pero los indicadores bajaron otra vez. Otra vez, Ethan. Las bodas caen 18%. Las canciones de amor más escuchadas son de despecho. Los hoteles venden “paquetes para olvidarte”. Te guste o no, eres el del arco. Llámala.

Ethan tecleó y borró tres veces. Al final escribió:

Ethan: Estoy trabajando.

No mentía exactamente. Abrió la carpeta de la siguiente paciente: Tamara Díaz. Edad: 29. Profesión: editora. Motivo de consulta: “No me enamoro. No puedo. He intentado todo. Me da igual todo.” Notas: llegó por recomendación de otra paciente que juró que él “hacía milagros”. Cita: hoy, 16:00.

Apretó el móvil contra la pierna, incómodo. El nombre le sabía nuevo. No tenía nada de especial, y sin embargo lo notó como si la pantalla emitiera calor.

La siguiente hora la ocupó una pareja joven que llevaba juntos cuatro años y ahora quería “abrir la relación con reglas”. Ethan les dijo lo que solía decir en esos casos: que las reglas son mapas y los mapas solo sirven si están hechos después de caminar el terreno. Ellos asentían con esa ansia universitaria de convertir en ensayo cualquier cosa que pudiera doler. No abrió la alacena. No tensó ninguna cuerda. Abrió, sí, la cafetera y se sirvió otra taza.

A las 15:57, el interfono vibró.

—Doctor —dijo la voz de París, su recepcionista de medio tiempo que se llamaba como una ciudad y como un personaje mitológico por accidente—, llegó su última paciente del día.

—Gracias, París. Dale agua. O café. O una capa.

—Trae la suya —dijo París—. Una taza blanca con stickers. “Books & Rage”. Me cae bien.

Ethan sonrió sin mostrar dientes. Se miró en el reflejo del ventanal. Ajustó la manga, el nudo de la corbata. Se dijo “es una paciente más” con la convicción de quien le dice a la marea “hasta aquí”.

Antes de tocar el timbre para que entrara, apagó el móvil. Afrodita podía esperar.


Tamara no parecía una paciente. Parecía alguien que entraba a una librería a devolver un libro que no había pedido. Llevaba un abrigo corto y una bufanda clara, y el cabello recogido sin esfuerzo, el tipo de recogido que a la gente le sale natural cuando ha llegado tarde a demasiadas cosas. Entró con su taza en la mano, miró la consulta como si descontara puntos en silencio, y dijo:

—¿Puedo cerrar la puerta yo?

—Claro —dijo Ethan, levantándose a medias—. Tamara, ¿verdad? Soy Ethan.

—Lo sé —dijo ella, sin ironía—. Amigos me hablaron de usted.

Se sentó sin que se lo pidieran y puso la taza sobre la mesa baja, exactamente donde descansaban los pañuelos.

—¿Prefieres que te llame Tamara o…?

—Tamara está bien —respondió.

—Perfecto. ¿Te molesta si tomo notas a mano?

—Me molestan las notas que no sirven de nada —dijo, y luego sonrió, apenas—. Pero haga lo que tenga que hacer.

Ethan quiso no reír. No lo hizo. Tomó el cuaderno. En la primera línea escribió Tamara y, sin saber por qué, subrayó el nombre. Era una manía: subrayaba cuando algo vibraba distinto. Pensó, con fastidio, que quizá necesitaba más café o menos siglos.

—Cuéntame qué te trae —dijo.

—La incapacidad absoluta y crónica para enamorarme —dijo ella, como quien recita un diagnóstico de alergia—. Y la evidencia objetiva de que eso arruina mi trabajo.

—¿Tu trabajo?

—Edito novela romántica. Historias en las que la gente se enamora en el capítulo tres, lo arruina en el ocho y lo repara en el trece con un discurso bajo la lluvia. Antes podía leer diez manuscritos en una semana y sabía cuándo una escena funcionaba. Ahora… —hizo un gesto con la mano, como espantando mosquitos—. Todo me parece falso. Todo me parece… coreografiado.

—Los bailes también enamoran —dijo Ethan.

—A los que bailan bien —respondió ella.

Había una forma en que Tamara colocaba las palabras, como si les arrancara primero la etiqueta. Ethan volvió a sentir la alacena detrás, paciente, vieja amiga. Ni se te ocurra, se dijo. No con ella. No porque fuera especial, sino porque su historia ya estaba escrita en el expediente: “No me enamoro. Me da igual todo.” Las flechas rebotaban en ese “me da igual”.

—¿Desde cuándo te pasa?

—Desde hace cuatro años y tres meses —dijo—. Más o menos. Desde que terminé con alguien y no pasó nada. ¿Sabe? Lo normal es que duela. Lloras, te queda una canción, te compras un abono del gimnasio que usas dos veces. Yo no lloré. No sentí nada. Y desde entonces, nada con nadie.

—¿Y antes?

—Antes me enamoraba a cada rato. De gente que olía a vainilla, de tipos que tocaban guitarra mal, de chicas que sabían de cine. De gestos, más que de personas. Era… divertido.

—¿Qué cambió?

Tamara lo miró un momento, sin responder. No evadía; recordaba. Al final dijo:

—Supongo que yo.

Ethan asintió. No era mala respuesta. No era tampoco una respuesta. Podía preguntar por el ex, desenterrar la bisagra exacta del “antes” al “después”. Podía alargar ese hilo. Pero había algo más urgente en la forma en que ella apretaba la taza; no para sostener el calor, sino como si la cerámica la anclara al presente.

—¿Qué esperas que pase aquí? —preguntó—. ¿Cuál sería, para ti, un buen resultado?

Tamara soltó el aire con un amago de risa.

—La gente me dice: “Date tiempo, ya llegará”. Como si el amor fuera un bus. No quiero un bus. Quiero… —buscó—, quiero curiosidad. Volver a tener ganas de aprender a alguien. ¿Sabe a qué me refiero?

Ethan sí sabía. Lo había visto en los siglos y en las cafeterías: ese chisporroteo mínimo al mirar a alguien atarse los cordones. No era una flecha; era el dedo sobre el interruptor.

—Bien —dijo—. Eso es un buen objetivo. No te prometo… milagros. —La palabra le supo amarga y antigua—. Pero podemos trabajar para que te relaciones distinto con la idea de enamorarte. A veces, lo que llamamos “no sentir nada” es… un mecanismo. Un salvavidas que se quedó puesto cuando ya no había marea.

—¿Y cómo se quita? —preguntó Tamara.

Con una flecha, pensó su parte desobediente. Con una flecha pequeña, casi invisible, colocada justo detrás de la oreja. En voz alta dijo:

—Con paciencia, honestidad y… —sonrió, a su pesar—, algo de humor.

—Humor tengo —dijo Tamara—. Paciencia… veremos. Honestidad… —se encogió de hombros—. No me gusta hablar de mí. Es irónico. Paso el día leyendo confesiones de personajes, pero detesto las mías.

—Podemos empezar por lo que no te moleste —propuso Ethan—. ¿Qué sí te gusta? Lo básico. Comida favorita. Canción que no saltas. Un libro que te haga quedarte despierta.

Tamara lo miró con gesto de ¿de verdad?, pero respondió:

—Tacos de papa. “The Night We Met”, aunque la saltaría si estoy triste. Y Persuasión… —se interrumpió, como si esa palabra le hubiera abierto algo—. Bueno, Persuasión cuando todavía creía en las segundas oportunidades.

—Sigues editando a gente que cree —observó él.

—Claro. Pagan a tiempo —dijo ella—. Además, no es que odie el amor. Es que ya no me invita a su fiesta.

Ethan sintió una risa que no soltó. Apuntó mentalmente la frase para robarla en algún siglo. Luego dijo:

—Te propongo algo sencillo para esta semana. Nada de aplicaciones, nada de citas. Solo… curiosidad entrenada. Elige a tres personas de tu entorno —el barista, la vecina del quinto, tu autor más insoportable— y dedícales diez minutos de atención radical. Sin juzgar. Solo aprender cómo respiran cuando escuchan, qué hacen con las manos cuando otros hablan. Anótalo. No sentimientos; datos. ¿Puedes?

Tamara inclinó la cabeza, midiendo la tarea.

—Sí. Puedo. —Hizo una pausa—. ¿Y si no pasa nada?

—Entonces habrás tomado el pulso a tres seres humanos y eso nunca es perder el tiempo —dijo Ethan, con un tono que no era terapia: era creencia.

Ella lo miró como si no estuviera acostumbrada a que le creyeran. Luego soltó un “okay” tan pequeño que apenas dejó huella.

—Una cosa más —dijo Ethan—. ¿Podrías dejar de leer romántica por una semana?

—¿Quiere que me quede sin trabajar?

—Quiero que cambies de combustible. Ensayo, crónica, incluso manuales. Algo no emocional.

—Usted no quiere que me enamore —dijo ella, medio broma, medio no.

—Quiero que te des permiso de no intentarlo todo el tiempo —respondió.

Se quedaron un momento en silencio, un silencio no incómodo sino de ajuste. Afuera, alguien discutía por un taxi. En el callejón, un gato maulló como un violín desafinado. Tamara giró la taza en su sitio, la pegatina Books & Rage brilló un segundo con la luz que entraba.

—Está bien —dijo—. Lo haré. Y volveré la próxima semana. —Se levantó—. ¿Pago en recepción?

—Sí. París te atiende. —Ethan también se puso de pie—. Gracias por venir, Tamara.

—Gracias por no darme una lista de afirmaciones para el espejo —respondió ella. Ya en la puerta, agregó—: ¿Siempre hace tanto frío aquí?

—Es enero —repitió él, robándole la línea al paciente anterior.

—Hay polen en enero —dijo Tamara, con una media sonrisa que le arrugó la mejilla izquierda—. Lo leí en alguna parte.

La puerta se cerró suave. El aire frío volvió, obediente. Ethan se sentó. No miró la alacena. No necesitaba. Ya sabía que, de abrirla, las flechas lo mirarían a él, no al mundo. Le tembló un poco la mano, como les tiembla a los mortales cuando caen en cuenta de que han dicho algo que importaba.

Curiosidad entrenada. Era un buen ejercicio. No era una flecha. Era humano. Y, tal vez por eso, le dio miedo.

El interfono vibró de nuevo.

—Doctor —dijo París—, su paciente pagó con billetes y dejó propina. ¿Aceptamos propina?

—Aceptamos —dijo Ethan, sin pensar.

—Además —continuó París—, preguntó si podía mover la próxima cita al martes. Dice que los miércoles tiene club de lectura y no piensa discutir con cuarenta mujeres sobre si el amor existe o no. Cito textual.

Ethan sintió que algo pequeño —muy pequeño— hacía clic en su interior, como cuando una cerradura vieja decide colaborar.

—El martes está bien —contestó—. Ponla a las… —miró la agenda—, a las cuatro. Y, París…

—¿Sí?

—Si vuelve a preguntar por el frío, dile que es culpa del polen.

—Anotado.

Colgó. Dejó que el silencio lo cubriera un momento. Luego, inevitable, miró la alacena. La caja de madera parecía más pesada que por la mañana. No la abrió. En su lugar, abrió el móvil y escribió a Hermes.

Ethan: La llamo luego.

Hermes: ¿A tu madre? ¿Ahora crees en el más allá?

Ethan: A mi madre no.

Hermes: ¿Entonces?

Ethan: A nadie. Solo… luego.

Hermes mandó un gif de un caracol con casco. Ethan no lo abrió. Se puso el abrigo, guardó el cuaderno en el maletín, apagó la lámpara de pie que hacía que la consulta pareciera menos una cueva. Antes de salir, pasó la mano por la superficie de la alacena, como quien palmea el lomo de una bestia vieja.

En el pasillo, Tamara hablaba con París. Reía por algo —una risa breve, con baches—. Lo vio y le levantó la mano, diminuta despedida. Él devolvió el gesto. No hubo electricidad, ni resplandor, ni música de fondo. Por un segundo, sin embargo, Ethan sintió eso que les había pedido a sus pacientes en la primera sesión del día: mirarla. Sin hablar. Un minuto. Vio un mechón suelto fuera del recogido, un lunar apenas detrás de la oreja, la esquina gastada de la pegatina en la taza. Datos, no sentimientos. Aún así, algo en el pecho cambió de posición, como un mueble que por fin encuentra la pared correcta.

Salió a la calle. El aire mordía. El puesto de hot dogs echaba humo como un pequeño volcán. A lo lejos, una pareja se besaba mal —con prisa, con dientes—. Ethan los miró un instante y, por costumbre, evaluó la trayectoria de una flecha imaginaria. Sonrió. Guardó las manos en los bolsillos. Siguió caminando.

No necesitaba abrir la alacena hoy.

Ya veremos mañana.

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