Bajo la misma red

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Summary

Leah Montgomery y Liam Bennett son rivales en el campo y opuestos en todo lo demás. Ella, la delantera más explosiva de su liga. Él, el portero con más récords… y más orgullo. Cuando una campaña publicitaria los obliga a compartir cámara —y después cancha—, la rivalidad se convierte en algo mucho más difícil de contener. Entre goles, trofeos y titulares, descubren que el amor puede ser tan impredecible como un disparo al último minuto. Under the Same Net es una historia sobre segundas oportunidades, pasión, y la delgada línea entre competir y rendirse al corazón. ¿Qué pasa cuando el amor cruza la mitad del campo?

Status
Complete
Chapters
18
Rating
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16+

El tiro que no hiciste

Cuando el silbatazo del árbitro corta el zumbido del estadio, Leah Montgomery ya sabe exactamente a dónde va a mandar el balón.

Arriba a la derecha.

Más allá de los guantes extendidos.

Más allá del mito terco de un récord perfecto.

Las luces bañan el césped como si fuera caramelo, el olor a pasto mojado se mezcla con palomitas y adrenalina. Detrás del banquillo de La Furia Roja, las bufandas rojas se agitan en el aire; al otro lado, una muralla azul de fanáticos de los Titanes del Norte canta el nombre de Liam Bennett como si fuera un hechizo.

Leah rueda los hombros, suelta y ágil, y echa un vistazo al marcador: 0–0, minuto 88.

Esos son sus minutos favoritos: los que convierten las piernas en agua y los foros en guerras nocturnas.

—¡Montgomery! —grita el entrenador Ramos desde la línea lateral—. ¡Si ves el espacio, tómalo!

Ella sonríe sin siquiera mirar.

—¿Qué crees que he estado esperando?

El balón sale rebotando de una entrada en el medio campo y rueda hacia ella. Leah lo amortigua con el pie derecho y levanta la vista. El defensa central de los Titanes se abre apenas un paso a la izquierda. Suficiente.

La grieta se abre: dos zancadas y un hilo de luz… justo donde a ella le gusta.

Amaga hacia adentro. El defensa muerde el engaño. Leah rompe hacia la derecha, un corte tan filoso que el público suelta un oooooh colectivo.

Y entonces ya no hay nada entre ella y él.

Liam Bennett.

Más alto en persona que en los videos, hombros cuadrados bajo el jersey azul pizarra, mandíbula firme como si hubiera sido tallado para decepcionar delanteras.

El cabello húmedo, oscuro en las sienes.

Da un paso fuera de la línea. Luego otro.

Calmo. Calculado.

Como si escuchara una música que solo él puede oír.

Leah mantiene su carrera medida, la vista no en él sino justo más allá; sabe que el control de la mirada pone nerviosos a los porteros. Da un toque corto y carga la pierna derecha.

Arriba a la derecha. No titubees.

Dispara.

El cuero choca con los cordones. Un golpe limpio, puro, con ese sonido dulce que anuncia un disparo perfecto. Por medio segundo, Leah ya lo ve dentro: la red moviéndose, el beso irresistible del balón en la esquina.

Liam se mueve.

No se lanza, se pliega al aire: dos zancadas, un salto, un giro. Su mano derecha se estira, los dedos alcanzando un lugar que las manos humanas no deberían alcanzar.

Rosa el balón con el nudillo, apenas lo suficiente.

La pelota besa el travesaño —clink— y rebota cruelmente por encima.

El estadio estalla. Mitad alivio, mitad agonía.

Leah se detiene en seco dentro del área, con el pecho ardiendo y la risa contenida entre dientes.

Por un segundo está demasiado furiosa para moverse.

Después se ríe, porque maldita sea, eso fue una atajada.

Liam cae, rueda y ya está buscando el saque rápido. Su mirada se cruza con la de ella.

Por un instante absurdo, el ruido desaparece.

Solo queda el pulso de los tambores detrás y la electricidad que le recorre la piel.

Él asiente apenas.

No se burla.

Solo reconoce.

Buen disparo.

Ella le responde tocándose dos veces la sien —un saludo, una promesa. La próxima.

El córner no deja nada. El silbato final llega poco después, y el partido se disuelve en la coreografía desordenada de apretones de manos, cambios de camisetas y entrevistas que suenan todas iguales.

Leah recoge su cabello en un moño alto y camina hacia el túnel.

—¡Montgomery!

Se gira. Es su compañera, Naya, que corre hacia ella con una sonrisa que le parte la cara.

—Si metías ese gol, el estadio se caía.

—Si metía ese gol, él se jubilaba —responde Leah, pero no puede evitar sonreír—. El siguiente es mío.

Naya le da un leve golpe en el hombro.

—Dices eso cada vez.

—Y algún día tendré razón cada vez.

Se separan para atender a la prensa. Leah dice las frases de siempre: gran esfuerzo del equipo, creamos oportunidades, respeto al rival.

Una luz de cámara le borra el color de los ojos. Mientras guarda las espinilleras, un micrófono aparece a su lado.

—¡Leah! —una reportera con peinado perfecto sonríe para la cámara—. Kira Ortega, SportsNow. Cuéntanos esa última jugada.

Leah se endereza, haciendo rodar el pie sobre la suela de su botín.

—Vi el espacio y lo tomé. Él la rozó con la punta de los dedos. Es bueno.

—Dicen que entre ustedes hay una rivalidad… digamos, amistosa —Kira arquea las cejas—. ¿Algo que quieras decirle a Liam Bennett en vivo?

Leah apunta su sonrisa a la cámara, dulce como azúcar.

—Que cierre mejor su poste cercano la próxima vez.

El equipo de producción se ríe.

Y desde el otro lado del túnel, una voz grave responde:

—El poste estaba bien.

Ella levanta la vista.

Ahí está él.

Liam.

Medio sin guantes, con una toalla al cuello.

De cerca, esas manos parecen capaces de sostener el mundo.

Tiene un manchón de pasto en la rodilla derecha y un pedazo de césped pegado a la media, como trofeo.

La cámara gira hacia él, por supuesto.

Kira brilla.

—¡Perfecto! Liam, justo a tiempo. ¿Qué opinas de los… comentarios constructivos de Leah?

Él no muerde el anzuelo. Ni siquiera mira el micrófono. La mira a ella.

—Buen disparo —dice, con voz tranquila y un dejo de diversión—. Mala idea.

—¿Ah, sí? —Leah levanta la barbilla—. ¿Y cuál era la buena idea?

Chip. —La esquina de su boca se curva—. Anunciaste potencia. Tenías que haberme hecho ver ridículo.

—Anotado —responde ella, con el corazón haciendo algo ridículamente tonto—. Guardaré la humillación para la final.

—Eso asumiendo que llegues —dice él, sereno.

—Planeo hacerlo. Y planeo anotar.

Kira prácticamente tiembla de emoción.

—Esto es oro puro. Rivalidad viva y coleando. Última pregunta: ¿alguno quiere adelantar de qué trata el anuncio de la “Iniciativa de Unidad” de mañana? Dicen que habrá… colaboraciones.

Liam por fin la mira a ella, luego a la reportera.

—No he oído nada.

Leah se encoge de hombros.

—Si no incluye mejor café en los túneles, no me interesa.

Terminan la entrevista porque la vida no es una película y las tinas de hielo no se van a llenar solas.

Leah regresa al vestuario, con el teléfono vibrando como una avispa en su mochila. No lo revisa hasta después de ducharse y cambiarse el jersey por una sudadera gris.

Cuando por fin lo abre, hay ochenta y tres notificaciones: chats del equipo, videos del atajadón, y tres mensajes de su hermano Noah, cada uno más inútil que el anterior:

¿VISTE SUS MANOS?

Cásate con ellas.

O bueno, con él.

Leah rueda los ojos y los marca con un corazón.

Luego, una nueva vibración.

Correo nuevo del comité de la liga.

Asunto: INICIATIVA DE UNIDAD — ASIGNACIONES DE PAREJAS

Lo abre.

Estimada jugadora:

Como parte de la Iniciativa de Unidad de esta temporada, la liga realizará una campaña conjunta entre equipos rivales para promover el respeto, el espíritu deportivo y el crecimiento del fútbol mixto.

Cada club seleccionará a un jugador que trabajará en actividades con un jugador de un equipo rival (clínicas, entrevistas, eventos comunitarios, etc.).

Cronograma adjunto.

Leah desliza el dedo.

Y se queda helada.

La Furia Roja — Leah Montgomery

Titanes del Norte — Liam Bennett

Una carcajada se le escapa tan fuerte que Naya gira desde su casillero.

—¿Qué pasó? ¿Noah le propuso matrimonio a un par de guantes otra vez?

Leah le muestra el teléfono. Naya se lo arranca de las manos, lee y parpadea como caricatura.

—No puede ser —susurra—. Los van a poner juntos frente a cámara.

Leah se recuesta contra el casillero, el metal frío atravesando la tela de su sudadera.

Por un instante recuerda su mirada en el área, esa calma exacta, esa forma de verla como si llevara toda la tarde esperándola.

El calor le sube a las mejillas.

—Es solo un truco de relaciones públicas —dice, ligera—. Sonreímos, hacemos jueguitos, decimos a los niños que coman naranjas.

—Y tratan de no incendiar el mundo —replica Naya—. Por favor, que no destruyan mi apartamento con los comentarios.

Leah suelta una risa, atándose el cabello.

—Tranquila. Soy una profesional.

—Los profesionales no revisan el Instagram de un portero a las tres de la mañana —canta Naya.

Leah le lanza un calcetín. Rebota en su hombro y cae justo dentro del cesto.

—No hago eso.

—Todavía.

El teléfono vibra una vez más.

Un mensaje nuevo, número desconocido.

Desconocido: Soy Liam Bennett. La liga me dio tu número para coordinar. Jueves 10 a.m., Complejo Juvenil A. Daremos la clínica juntos.

Leah sostiene el móvil entre los dedos.

Deja que una sonrisa pequeña, privada y afilada le toque los labios.

Leah: Perfecto. No olvides tu poste cercano.

Los puntos de escritura aparecen.

Pausa.

Desaparecen.

Liam: Llevaré los dos postes. Tú trae mejores ideas.

Leah guarda el teléfono. La electricidad le recorre la piel como una lámpara de estadio encendiéndose poco a poco.

Bien.

El tiro que no hizo esta noche vivirá en los resúmenes de lo que pudo ser.

El próximo —en el campo, frente a cámaras o donde sea que la pongan—

lo hará.

Y cuando llegue el balón,

no apuntará arriba a la derecha.

Lo picará.

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