Introducción
Mamá
Me duele... pero no es la fecha todavía, ¿por qué duele tanto?
— Matt... — lloriqueé. — Matt despierta... me siento muy mal
Él entreabrió los ojos para mirarme y después dio un salto saliendo de la cama y me miró.
— Qué sucede...
— Me duele...
Intenté ponerme de pie y la fuente se derramó entre mis piernas... y después de eso la sangre.
— ¡Matt...! — comencé a llorar
Él no me respondió y lo oí teclear en el teléfono.
— Necesito una ambulancia, mi esposa está embarazada de seis meses y acaba de romper fuente, tiene muchos dolores — su voz era entrecortada. — Gracias.
Él colgó y se acercó rápidamente a mí.
— La ambulancia ya viene para acá.
— Colócame un vestido... — dije mientras me quitaba el pijama con dificultad. No quería salir de la casa medio desnuda.
La desesperación me gobernaba, sentía mi corazón latir en los oídos y mi garganta apretada, no quería perder a mi niña, en la mañana había tenido una ecografía y todo había salido bien, o al menos eso parecía.
La ambulancia llegó muy rápido, no sé si pasaron cinco minutos. Me sacaron de la casa en una camilla y de la misma forma entré en la sala de partos, los dolores eran cada vez más intensos, los médicos y enfermeras hablaban entre ellos detrás de sus barbijos, yo solo era consciente de que parecía romperme toda por dentro.
Matt tomaba mi mano y las lágrimas mojaban su rostro. En su expresión podía ver lo asustado que estaba, pero él no decía nada.
— Por favor, puja, mamá — me dijo una enfermera... no sé cuántas veces esto se repitió hasta que sentí mucho alivio, y mi bebé nació.
— La bebé no respira — murmuró una enfermera.
— ¿Qué? — habló Matt a mi lado.
— Terminen de suturar y saquen al padre — expresó una voz masculina.
— Nooo — dijimos juntos, pero ya un par de enfermeros guiaban a mi esposo hacia afuera.
— No vivirá, sus pulmones no están bien desarrollados...
— Es horrible, como una rata...
Estas palabras las hablaba el personal del hospital mientras se encontraban arremolinados alrededor de mi bebé haciéndole algo.
— ¡Quiero a mi bebé! — Grité
Intenté levantarme, pero de alguna forma estaba atada a la camilla.
— Está muerta, ya dejénla.
Mis lágrimas no paraban de manar y no podía desprender la mirada del pequeño cuerpo en la mesa junto a mí, era toda peladita y rosada.
— Tranquila. — La enfermera a mi lado acarició mi cabello. — Eres joven, tendrás otros hijos.
Aunque podría haberme enojado por sus palabras, su voz era muy dulce.
— Quiero cargarla, aunque sea un momento — declaré.
— Estás segura, será muy doloroso.
— Sí — afirmé.
Ella la tomó con cuidado y puso en mis brazos su cuerpito inerte. Se parecía a mí, y aunque no tenía pestañas ni cejas, no era una rata como había dicho aquella mujer, era hermosa. Besé su cabecita y la sentí tibia.
Una enfermera entró y tropezando con algo, dejó caer una bandeja que llenó de ruido el lugar atrayendo la atención de todos. En ese momento, de algún lugar, una luz cegó mis ojos, como si alguien alumbrara mi rostro con una linterna.
Parpadeé y volví la atención a mi hijita, la cual hizo un pequeño movimiento, sorprendiéndome.
— ¡¡Respira... respira!! — Grité, y la mujer que me había dado a mi niña se acercó corriendo y la revisó.
— ¡Es cierto! ¡Doctor!
Esta es la historia del nacimiento de mi pequeña Anastasia.








