Con dos pelotas.

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Summary

Alex y Darren fueron amigos desde el jardín de infancia, unidos en sus aficiones y su amor por el deporte, sin embargo su amistad termino abruptamente al ser enviado Darren a un internado en Irlanda. Cinco años después Darren regresa muy cambiado, resentido con Alex al punto de querer arrebatarle lo más le importa, su puesto como capitán del equipo.

Status
Ongoing
Chapters
51
Rating
4.5 4 reviews
Age Rating
18+

Prólogo.

A los trece años, la vida de Alexander parecía un sueño.

Corría descalzo por la playa, sintiendo la arena cálida colándose entre los dedos de sus pies descalzos, pateando un balón viejo y desinflado que rebotaba torpemente entre risas y bromas.

Darren, su mejor amigo, siempre estaba a su lado, con su cabello rojizo, revuelto por la brisa salada del mar y sus precioso ojos verde esmeralda brillando bajo el sol de los últimos días del verano, mientras el sol se derramaba en el horizonte.

Eran inseparables, felices, dos almas unidas desde la cuna. Sus padres eran amigos, vivían a unas pocas calles uno del otro y habían estado juntos desde el jardín de infancia.

Ese año lo tenían todo planeado, con entusiasmo de comenzar séptimo grado.

Ambos deseaban entrar en equipo de fútbol de la escuela, hacerse con puestos titulares. Querían colarse en alguna fiesta de los chicos mayores y, sobre todo, contaban los días para el estreno de la película de superhéroes que los tenía obsesionados.

Cada plan, cada promesa, estaba sellada con un choque de puños y una sonrisa de complicidad.

Pero todo cambió el día del cumpleaños de Darren.

Nadie vio venir la tormenta.

La discusión estalló de la nada, de la forma más inesperada y devastadora. Darren parecía molesto con su mera presencia y Alex no podía entender que había hecho para molestarlo. Pidió disculpas sin saber porque, sin embargo eso pareció enfadarlo aun más.

La pelea escalo a partir de ahí.

Darren fue cruel de forma innecesaria, hiriente, parecía odiarlo de pronto y le grito echándolo de su casa, mostrando una cara que Alexander nunca había conocido en sus trece años de amistad.

El regalo que Alexander había envuelto con tanto cuidado, un balón nuevo comprado atesorando cada centavo, justo el que Darren siempre había querido tener, fue arrojado al suelo con desprecio.

—No lo quiero. No quiero nada que venga de ti y sobre todo no te quiero cerca, me das asco.— le espetó Darren, con una voz que no parecía la suya.

Alexander huyó, con el regalo apretado contra el pecho, aguantando las lágrimas causadas por un dolor más profundo que el de cualquier golpe. Corrió hasta su casa, donde se encerró en su cuarto, negándose a hablar, apenas tocando la comida que su madre dejaba en la puerta.

Ese fin de semana, el mundo se le deshizo en pedazos tan pequeños que Alex pensó que nunca podría reconstruirse. Miraba su móvil cada cinco minutos, esperando un mensaje de disculpa que nunca llego en un silencio más ensordecedor que cualquier grito.

Llegó el lunes, el primer día de clases, con un cielo gris que parecía reflejar el estado de animo Alexander. Se obligo a salir de la cama y se vistió sin ninguna gana de afrontar el nuevo ciclo escolar, aferrándose a la esperanza de que todo había sido un malentendido, de que Darren lo estaría esperando en la puerta del patio con una disculpa y esa sonrisa que siempre lo arreglaba todo.

Metió el balón en una bolsa de tela y lo llevo junto a su mochila, decidido a intentarlo de nuevo, a recuperar a su amigo. Pero al llegar a la escuela, el aire se sentía diferente, vacío... pesado.

Darren no estaba en el patio, ni en los pasillos, ni en el aula, ni en los baños.

Alexander lo buscó por todas partes, preguntando a sus compañeros y los chicos que conocía de otros cursos, los cuales solo respondían con negativas o encogiéndose de hombros.

La desesperación lo llevó al despacho del director Jefferson, un hombre de mediana edad, hundido tras una montaña de expedientes por organizar, que lo miró con cansancio, escuchándole preguntar por su amigo.

—Darren O’Neill ya no es alumno de este centro, Alex —dijo el hombre, ajustándose las gafas en lo alto del puente de la nariz, sorprendido de que nadie hubiera informado al muchacho de ello.— Sus padres decidieron enviarlo a estudiar al extranjero. Fue algo repentino. Tuve que tramitar sus documentos con urgencia.

Las palabras cayeron sobre Alex igual que un mazazo.

No podía creerlo.

Sé negaba a pensar que eso fuera cierto.

Sintió que el suelo se abría bajo sus pies y todo su mundo se desmoronaba en una febril sensación de irrealidad.

No pudo escuchar más.

Sus pulmones se negaban a tomar aire, y su mente se nubló con un torbellino de preguntas sin respuesta. ¿Al extranjero? ¿Sin despedirse? ¿Sin decírmelo? ¿Por qué?

Alexander salió corriendo, escapando del colegio y de las miradas curiosas, del resto de estudiantes que lo miraban como si se hubiera vuelto loco.

Corrió hasta la casa de Darren, con el balón todavía golpeándole la espalda. Cruzo las calles sin cuidado, saltándose los semáforos en rojo, resultando un milagro que llegara ileso hasta la puerta de los O’Neill.

Golpeó la madera con los puños hasta que le dolieron los nudillos, pulsó el timbre una y otra vez hasta casi quemarlo, gritó el nombre de su amigo bajo la ventana de su cuarto con la voz desgarrada, esperando, rogando, que alguien respondiera.

Pero la casa estaba muda, las cortinas inmóviles, el silencio más pesado que nunca.

Nadie abrió la puerta.

Nadie le dio una explicación porque no había nadie allí.

Horas después, la policía lo encontró en la playa, en la misma orilla donde él y Darren habían compartido tantas risas.

Estaba sentado en la arena, abrazado al balón, con la mirada perdida en el horizonte donde el sol ya no brillaba. Las lágrimas rodaban por su rostro, silenciosas, como si ya no le quedaran fuerzas para gritar. No era solo un amigo lo que había perdido, era una parte de sí mismo, arrancada sin aviso, dejando un vacío que sentía que nada en el mundo podría volver allenar.

Y todo... porque se le había escapado un “Te quiero”.

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