Capítulo 1: Cadenas de oro
Bianca
—No.
La palabra sale de mi boca antes de que siquiera pueda procesar lo que acabo de escuchar. Mi voz resuena en el despacho de mi padre, un espacio que siempre me ha parecido más una celda que un lugar de trabajo. Las paredes de madera oscura, adornadas con retratos de antepasados que me observan con miradas severas, parecen cerrarse a mi alrededor. El enorme ventanal deja entrar la luz del atardecer, tiñendo la alfombra persa de un tono ámbar, pero la calidez es solo una ilusión. Aquí, todo es frío. El aire huele a papel viejo y cuero, un aroma que siempre ha acompañado las decisiones más importantes de mi familia.
—No es una solicitud, Bianca —dice mi padre, Niklaus, con su voz firme, como si cada palabra estuviera cincelada en mármol. Se reclina en su sillón de cuero, impasible, como si estuviera dictando una sentencia en lugar de hablar con su hija.
—¿Qué demonios significa que voy a casarme? —Me pongo de pie de golpe, sintiendo cómo mi pulso martillea en mis sienes. Mis manos tiemblan levemente, y me las cruzo sobre el pecho para que no lo noten. Pero sé que ellos ven todo. Siempre lo hacen.
—Significa exactamente eso —responde mi madre, Selana, cruzando las piernas con elegancia. Su vestido de seda negra se ajusta perfectamente a su figura, como si fuera una armadura—. Te casarás con Alessandro en un mes. Es un acuerdo entre nuestras familias.
—¡No me importa ese maldito acuerdo! —Mi voz sube de tono, pero ellos siguen mirándome con la misma indiferencia. Como si mi rabia fuera un capricho infantil, algo que pueden ignorar hasta que se me pase.
Mi padre suspira y se inclina hacia adelante, apoyando los codos sobre el escritorio de caoba.
Sus ojos, del mismo tono gris frío que los míos, me miran con una mezcla de impaciencia y desaprobación.
—Nuestra empresa está en una situación delicada. La familia Douglas nos ha ofrecido un trato, pero a cambio, quieren una unión permanente. Este matrimonio garantizará nuestra estabilidad y tu futuro.
Río, pero no hay diversión en mi risa. Mis uñas se clavan en mis palmas con tanta fuerza que sé que dejarán marcas.
—Mi futuro. Claro. Porque no tengo voz en esto, ¿verdad? No les importa lo que quiero, solo lo que necesitan.
—Es un buen partido —agrega mi madre, como si eso fuera un consuelo—. Alessandro es
heredero de una de las familias más influyentes. Un hombre atractivo, inteligente y con recursos. Podrías hacer cosas peores.
—¿Podría? —repito con sarcasmo—. No me interesa quién sea, ni cuánto dinero tenga. No voy a casarme con un desconocido.
—No hay opción, Bianca. Ya está decidido. —La voz de mi padre deja en claro que la conversación ha terminado.
Mis labios se aprietan en una fina línea. El aire a mi alrededor parece espeso, pesado, como si estuviera atrapada en una jaula invisible. Aprieto los dientes y me doy la vuelta, saliendo del
despacho con pasos furiosos. La sangre hierve en mis venas.
Pero juro que no se los haré fácil.
Alessandro
—No.
Lo digo sin levantar la vista de la copa de whisky que sostengo entre los dedos. La chimenea crepita en el enorme despacho de mi padre, pero el frío en la habitación proviene de él y de mi madre. La luz de la lámpara de cristal proyecta sombras alargadas sobre la alfombra de terciopelo rojo. A mi alrededor, estanterías repletas de libros de derecho y finanzas refuerzan la idea de que en esta casa todo gira en torno al poder. El aroma a madera quemada se mezcla con el del whisky en mi mano, pero ninguno logra calmarme.
—No tienes elección, Alessandro —dice mi madre, Catherine, con su tono impecablemente frío.
—Es lo mejor para la familia.
—¿Lo mejor para la familia? —Me río, aunque no hay humor en mi risa—. ¿Y qué hay de lo mejor para mí? ¿No tengo derecho a opinar?
—Tienes derecho a obedecer —interviene mi padre, Joseph, con su tono autoritario—. No actúes como si esto fuera una sorpresa. Sabías que eventualmente llegaría el momento de asegurar nuestra posición.
—¿Casándome con una completa desconocida? —Dejo la copa sobre la mesa con más fuerza de la necesaria. El cristal resuena, amenazando con quebrarse—. Dime, ¿al menos la escogieron bonita?
Mi madre resopla con desaprobación.
—Bianca es una mujer adecuada para ti. Tiene clase, educación y es hija de Selana y Niklaus. Es
un enlace estratégico.
—Interesante. Y dime, ¿qué opinan ellos? ¿Están tan emocionados como ustedes con este
matrimonio?
—El matrimonio ya está acordado. Tendrás un mes para conocerla —dice mi padre con tono
final. —Después de eso, harás lo que se espera de ti.
—¿Y si digo que no? —Los miro, retándolos.
—Entonces perderás tu lugar en la empresa. Y con ello, todo lo que te pertenece.
Ahí está. La amenaza velada. El recordatorio de que mi vida nunca me ha pertenecido del todo. Aprieto la mandíbula y me recuesto en el sillón de cuero. Mis dedos tamborilean sobre el brazo del sillón, un gesto casi imperceptible de mi frustración.
—Bien. Me casaré con Bianca. —Sonrío sin humor—. Pero no prometo hacerle la vida fácil.
Mi madre sonríe con satisfacción. Mi padre simplemente asiente.
Miro la chimenea, sintiendo cómo las llamas proyectan sombras sobre mi futuro. Un recuerdo fugaz cruza mi mente: Akasha Westwood. Su nombre alguna vez significó algo para mí. Creí que era diferente, creí que me amaba. Pero resultó ser solo una mentira envuelta en sedas y joyas. Infiel, manipuladora, una farsa disfrazada de perfección. La primera vez que descubrí su
traición, sentí ira. Ahora, solo siento asco y desprecio.
Ella me enseñó a no confiar. Y Bianca, por muy diferente que sea, no será una excepción.
No pierdo. Y si voy a estar atrapado en este matrimonio, me aseguraré de tomar el control.
Bianca no tiene idea de con quién está a punto de casarse.
Bianca
Camino por el pasillo con pasos rápidos, sintiendo cómo el eco de mis tacones resuena en las paredes. Mi mente es un torbellino de pensamientos, cada uno más oscuro que el anterior. No puedo creer que estén haciendo esto. No puedo creer que estén tratando de venderme como si
fuera una mercancía.
Llego a mi habitación y cierro la puerta con fuerza, apoyándome contra ella mientras respiro profundamente. Las lágrimas queman mis ojos, pero me niego a llorar. No les daré ese placer. No les daré la satisfacción de verme débil.
Me acerco al espejo y me miro. Mi reflejo me devuelve la imagen de una mujer joven, con el cabello oscuro cayendo en ondas sobre mis hombros y los ojos grises brillando con determinación. No soy una niña. No soy una marioneta.
—No lo haré —susurro para mí misma—. No me casaré con él.
Pero incluso mientras lo digo, sé que las opciones son limitadas. Mi familia no aceptará un no por respuesta. Y si me rebelo, perderé todo: mi herencia, mi posición, mi libertad.
Aprieto los puños y cierro los ojos, tratando de calmarme. Necesito un plan. Necesito una forma de salir de esto.
O, al menos, una forma de asegurarme de que no me destruyan en el proceso.
Me siento en el borde de mi cama, sintiendo cómo el peso de la situación me aplasta. Mis ojos recorren la habitación, buscando algo, cualquier cosa, que me dé una pista de cómo escapar de esta trampa. Pero no hay salida fácil. No hay atajos.
Entonces, una idea comienza a formarse en mi mente. Si no puedo evitar este matrimonio, al menos puedo asegurarme de que no sea fácil para ellos. Si me obligan a casarme con Alessandro, haré que cada momento sea una pesadilla para él. No seré la esposa sumisa que esperan. No seré la muñeca perfecta que se sienta en un estante y sonríe cuando se le ordena.
Me levanto y me acerco a mi escritorio, abriendo un cajón y sacando un cuaderno. Empiezo a escribir, garabateando ideas, planes, estrategias. Si voy a estar atrapada en este matrimonio, me aseguraré de que Alessandro lo lamenté.
Alessandro
Salgo del despacho de mi padre con una sensación de vacío en el pecho. El aire fresco del jardín me golpea el rostro, pero no logra disipar la tensión que siento. Camino hacia la fuente en el centro del patio, sintiendo cómo la brisa nocturna me envuelve.
Miro el agua que cae en cascada, recordando las palabras de mis padres. Un matrimonio arreglado. Una vida que no elegí. Y una mujer a la que no conozco, pero que ya siento como una cadena alrededor de mi cuello.
Pero no soy un hombre que se rinde fácilmente. Si voy a estar atrapado en este matrimonio, me aseguraré de que sea en mis términos. Bianca puede pensar que esto es una sentencia, pero no tiene idea de lo que soy capaz de hacer.
Sonrío para mí mismo, sintiendo cómo la determinación reemplaza la frustración. Este no es el final. Es solo el comienzo.
Me recuesto contra la fuente, sintiendo el frío del mármol a través de mi camisa. Cierro los ojos y respiro profundamente, tratando de ordenar mis pensamientos. Sé que Bianca no será fácil. Sé que luchará contra esto tanto como yo. Pero no importa. No soy un hombre que pierde.
Abro los ojos y miro hacia la casa, viendo las luces brillando a través de las ventanas. Dentro de esas paredes, mi futuro está siendo decidido sin mi consentimiento. Pero no importa. Tomaré el control. Tomaré todo lo que me pertenece.
Me alejo de la fuente y camino hacia el jardín, sintiendo cómo la hierba húmeda se pega a mis zapatos. Necesito un plan. Necesito una forma de asegurarme de que Bianca no sea un obstáculo, sino una herramienta. Si voy a estar atrapado en este matrimonio, me aseguraré de que ella juegue según mis reglas.
Pero incluso mientras pienso en ello, sé que no será fácil. Bianca no es una mujer débil. No es alguien que se doblegará fácilmente. Y eso la hace peligrosa.
Pero también la hace interesante.
Sonrío de nuevo, sintiendo cómo la anticipación se mezcla con la determinación.
Bianca
Me quedo despierta hasta tarde, planeando, pensando, preparándome. Sé que no puedo evitar este matrimonio, pero puedo asegurarme de que no sea fácil para Alessandro. Puedo asegurarme de que se arrepienta de haberse cruzado en mi camino.
Finalmente, me acuesto, sintiendo cómo el cansancio se apodera de mí. Pero incluso mientras cierro los ojos, sé que no podré dormir. Demasiados pensamientos, demasiadas emociones.
Pero no importa. Mañana es un nuevo día. Y voy a estar lista.
Alessandro
Regreso a mi habitación, sintiendo cómo la fatiga comienza a apoderarse de mí. Pero sé que no podré dormir. Demasiados pensamientos, demasiadas emociones.
Me siento en el borde de la cama, sintiendo cómo el peso de la situación me aplasta. Pero no importa. Mañana es un nuevo día. Y voy a estar listo.
Porque este no es el final. Es solo el comienzo.
Y yo no pierdo.



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