Prólogo
—Eres como una bella flor, Sanemi
Susurró, tomando un sorbo del rico té verde que hizo su estado de ánimo se fortalecía.
—¿Por qué una bella flor, Gyomei?, ¿te das cuenta de lo que estás diciendo?
Preguntó, incrédulo el más bajo. ¿Cómo es que; Gyomei Himejima, se atrevía decir tales palabras? No es bello, no, no como una flor. Él tiene una belleza diferente.
Pero no como una flor, no, nunca.
—Perdón, pero las suaves feromonas que sueltas, me recuerdan a un rosal lleno de aromas tan agradables... —expresó el pilar de la roca, tomando el último sorbo de su té.
El vaso del albino se cayó, dibujando un desastre en la pequeña mesa del gran comedor que tenía Sanemi.
Shinazugawa no sabía como responder, ¿Será que le está oliendo hace un buen rato?
Eso era malo, muy malo. Gyomei no debía de saber lo que es, no por su bien. O sino... todo se descontrolaría.








