Capítulo 1 - Bienvenida
La lista de Emma Solís estaba perfectamente organizada, escrita a mano con tinta azul, en cursiva clara y ordenada. Encabezado:Universidad de Buenos Aires – Carrera de Medicina – Cosas indispensables para sobrevivir el primer año sin morirme en el intento. Subtítulos:Cocina, Baño, Ropa, Emergencias, Psicóloga emocional (por las dudas).
Lo había revisado al menos diecisiete veces desde que se bajaron del auto. Su madre le había dicho que no se podía vivir con tanto control. Su padre le ofreció cargar la pava eléctrica como si fuera un maletín nuclear. Emma, en cambio, solo pensaba en la habitación 201.
—¿Estás segura que es esta? —preguntó su papá, señalando la puerta con una mancha sospechosa de cinta adhesiva vieja.
—Sí, pa —respondió ella, con la voz lo más estable que pudo fingir.
Respiró hondo. Insertó la llave.
Y ahí estaba:su nuevo mundo.
Habitación 201. Mitad beige desabrido, mitad ilusión universitaria. Dos camas separadas por un escritorio doble y una ventana que daba a una pared triste con graffitis mal hechos. Todo era tan... institucional. Pero limpio. Ordenado. Predecible.
Hasta que entró su roommate.
—¡HOLAAAAA! —gritó una voz mientras la puerta se abría de golpe, haciendo temblar la lámpara de escritorio.
Emma se dio vuelta, con el alma saliéndosele por la boca. Frente a ella, una chica con rulos desordenados, una remera deBoJack Horsemany una valija decorada con stickers de obras de teatro se plantaba en la entrada como si estuviera entrando a un escenario.
—¿Esta es la doscientos uno? ¡Qué onda! ¡Al fin! Me re perdí, una mina del primer piso me dio vueltas tipo guía turística y yo tipo “che, ¿dónde está el baño?“. Pero bueno, llegué. ¡Soy Lola!
Emma pestañeó. Una vez. Dos veces.
—Emma —dijo, como si necesitara confirmar su propia existencia.
Lola dejó caer su mochila sobre la cama vacía con el peso de un meteorito y se tiró boca arriba.
—¿Medicina, no? Lo leí en la hojita esa que nos dieron. ¿Te gusta abrir cuerpos y eso?
—Eh... todavía no abrí ninguno. Recién empiezo.
—Tranqui. Yo también estoy en primer año. Teatro —dijo, estirando los brazos como si eso lo explicara todo—. Pero ya siento que soy dramática desde el útero. Mi vieja dice que lloraba con delay, tipoefecto de sonido.
Emma sonrió apenas. No sabía si le daba miedo o fascinación.
—¿Puedo quedarme con esta cama? Es que tiene más luz natural y yo tengo que grabar monólogos, ¿viste? Para TikTok. O sea, para práctica también, pero si de paso subo seguidores, mejor. ¿A vos te gusta dormir con música o sos tipo silencio absoluto?
—Silencio absoluto —dijo Emma sin dudar. Ya se lo veía venir. Esta chica era una tromba.
Lola se sentó en la cama como si le hubieran tocado un resorte.
—Uy, bueno, ya arrancamos con drama. Tranca, tranca, puedo usar auriculares. O dormir en el techo. Total, el drama se lleva adentro, ¿no?
Emma la miró como quien mira a un cachorro descontrolado que podría romper toda la casa... pero es lindo igual.
—¿Te importa si armamos un cronograma de limpieza? Así tipo... quién limpia el baño cada semana, turnos para sacar la basura. Lo hice en Excel.
Lola se rió. Fuerte.
—¡hiciste un Excel! Qué tierna. ¿También tenés un PowerPoint de cómo doblar las sábanas?
Emma se sonrojó.
—No... pero podría hacer uno.
—No, no. Me encantás. En serio. Sos la cuota de orden que mi vida necesita. Yo soy un quilombo, literal. El año pasado viví con mis primas y me echaron porque llené el freezer de pestañas postizas.
Emma abrió mucho los ojos.
—¿Por qué?
—Estaban en oferta.
—Ah...
El resto de la tarde fue una coreografía descoordinada entre valijas, enchufes, preguntas incómodas y decisiones territoriales. Emma había traído separadores para la heladera. Lola guardó sus empanadas veganas al lado del ibuprofeno. Emma tenía todo etiquetado. Lola usaba etiquetas... como stickers decorativos.
—¿Puedo poner esta cortina de luces en la ventana? Le da onda. Es tipo bohemio-depresivo.
—Siempre y cuando no te electrocutes.
—Qué confianza, che. Ya me estás cuidando.
Emma se giró, rodando los ojos. Pero sonrió.
Cuando sus padres se despidieron, hubo abrazos, promesas de “llamá todos los días”, y un “no te encierres a estudiar todo el tiempo” que su madre le dijo mirando de reojo a Lola, como si le dejara encargada la tarea de desestructurarla.
Cuando se quedaron solas, el silencio duró exactamente tres segundos.
—¿Querés ver una serie? ¿Con mate? —preguntó Lola, ya desparramada en su cama, con los pies sobre el edredón.
—Tengo que organizar mis carpetas.
—El plan más depresivo que escuche en mi vida.
—No es depresivo. Es... priorización.
—¿Siempre hablás como médica de Grey’s Anatomy?
—¿Vos siempre gritás como si estuvieras en un musical?
Lola la miró. Sonrió.
—Touché, doctora. Pero tranqui, no soy rencorosa. Solo te voy a mirar dormir todas las noches como castigo
Emma parpadeó, medio horrorizada, medio tentada de reír.
—No sé si eso me hace sentir más segura o menos.
—Depende. ¿Tenés secretos?
Emma la miró. Hubo un segundo en que no se dijeron nada. Y ese segundo se sintió raro. Denso. Como si algo invisible se estirara entre las dos.
Lola rompió la tensión con un bostezo exagerado.
—Bueno, me voy a dar una ducha. Pero aviso: canto. Y no siempre en el mismo tono.
—Perfecto. Yo tengo tapones.
—Ah, ¡sos brava!
Emma se encogió de hombros.
—Me adapto.
—Me gusta. Me gusta que te hagas la dura. A ver cuánto durás.
Y con eso, Lola se metió al baño cantando algo de Olivia Rodrigo como si estuviera en un estadio lleno de fans
Emma se quedó sentada frente a su escritorio, mirando la cama revuelta de su compañera. Pensó en su Excel. En la planilla de comidas saludables. En sus horarios estrictos.
Y en la sonrisa de Lola. En sus ojos marrones, chispeantes, como si todo le hiciera gracia. Como si nada le doliera.
Pero a ella algo sí le dolía. Y no era físico. Era ese huequito incómodo que le picaba en la nuca, ese que le decía:tené cuidado. Ese que conocía desde hacía años.
Suspiró. Miró la puerta del baño. Cerrada. Con música saliendo a todo volumen.
Emma abrió su cuaderno. Agregó una nueva lista:
“Cosas que no planeaba sentir.”
Inseguridad.
Curiosidad.
Intriga por una chica que canta en la ducha y decora la heladera con brillos.
Ganas de quedarme mirando.
Cerró el cuaderno. Se quitó los lentes. Y sonrió.
Habitación 201 va a ser un desafío. Pero tal vez... uno que valga la pena.








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