Capítulo 1 La sombra del bosque

Me incorporé lentamente, dejando que la manta se deslizara por mi pecho y contemplé las marcas de colmillos y chupetones que Lucien no se preocupó en disimular, seguidamente, mi mente intentó procesar lo que había ocurrido. La noche anterior, mi encuentro con Lucien había sido tan intenso, tan real, que parecía imposible que todo hubiera sido un sueño. Mi cuerpo todavía llevaba los rastros de la noche anterior, cada músculo relajado, cada sensación aún vívida en mi piel y, sobre todo, su esencia aun saliendo de mí.
Miré alrededor, buscando señales de su presencia, pero él no estaba. Sin embargo, no sentí miedo ni vacío. Una calma inexplicable se instaló en mi pecho. Algo dentro de mí me decía que él seguía cerca, era como si una parte de su esencia permaneciera conmigo, conectándonos incluso en su ausencia.
Me levanté de la cama y me dirigí hacia el gran ventanal. Afuera, el bosque se extendía bajo el sol, su belleza tan serena que era difícil imaginar que pudiera albergar algo tan oscuro como un vampiro.
Decidí vestirme con algo ligero: sólo un bóxer. Había algo liberador en caminar así, con el sol calentando mi piel y la sensación de estar completamente en casa, como si este castillo fuera ahora mi refugio.
Dejé que mi instinto me guiara mientras caminaba por los pasillos. El silencio del lugar no era opresivo, sino acogedor, como si el castillo mismo reconociera mi presencia y me aceptara. Pronto, el olor a algo cálido y especiado llegó a mis sentidos, llevándome hacia lo que asumí era la cocina.
Cuando llegué, vi a alguien de espaldas, de pie junto a la estufa. La figura era alta, con hombros anchos, y estaba vestida de negro. Mi corazón dio un salto de alegría.
Es Lucien.
Me acerqué lentamente, incapaz de contener una sonrisa. Al estar lo suficientemente cerca, rodeé su cintura con mis brazos y apoyé mi rostro en su espalda. ¡Era increíblemente alto! No me había dado cuenta hasta que me puse ante él.
—No sabía que cocinabas —dije en un susurro, mi voz suave.
Pero en el instante en que terminé de hablar, la figura se tensó bajo mi toque. Su postura cambió, y el aire en la habitación pareció volverse más pesado.
—Bueno, esto es interesante.
La voz no era la de Lucien, era más grave, más áspera, con un tono que irradiaba burla. Mi cuerpo se congeló mientras la figura se giraba lentamente para mirarme.
Era un hombre que no había visto antes, su piel era pálida, sus ojos de un rojo intenso que parecían perforar mi alma, una sonrisa torcida adornaba su rostro, mostrando colmillos largos y afilados que no se molestaba en ocultar. No disimuló la mirada lasciva que me daba al verme casi desnudo. Me sentí expuesto, quise cubrirme, pero no tenía con qué.
Días antes.
Me llamo Julien Lafont, y vivo en una pequeña granja en Meymac (Francia), rodeado de colinas verdes y bosques que se extienden como un manto oscuro al borde de nuestra propiedad. Desde que tengo memoria, mi vida ha girado en torno al trabajo. Reparar tractores viejos, alimentar al ganado, y arar la tierra son tan comunes para mí como respirar. A veces pienso que la rutina me mantiene cuerdo, aunque últimamente me pregunto si no es solo una forma de evitar pensar demasiado.
Ese día en particular, estaba inclinado sobre el tractor, ajustando una tuerca que no dejaba de soltarse. El motor había empezado a fallar de nuevo, y aunque no era nada nuevo, cada vez que ocurría, sentía como si el universo estuviera probando mi paciencia. Me pasé una mano por el cabello, despeinándolo aún más, y dejé escapar un largo suspiro. La grasa y el polvo cubrían mis dedos, pero apenas me importaba.
—¡Julien!— La voz de mi madre, Madeleine, llegó desde la casa. —Tus hermanos ya llegaron a cenar, así que no te tardes tanto ahí fuera.
—Ya voy —respondí automáticamente, aunque sabía que todavía me quedaba al menos una hora de trabajo.
Mis hermanos, Émile y Pierre, siempre parecían tener la vida perfecta. Ambos estaban casados con mujeres maravillosas y tenían hijos que llenaban de risas la casa cuando venían de visita. Yo, en cambio, siempre he sido “el soltero”. A mis 28 años, eso ya no es motivo de broma, sino de murmullos.
Las pocas relaciones que intenté tener terminaron mal. Primero pensé que era cuestión de mala suerte, que simplemente no había encontrado a “la indicada”. Pero, con el tiempo, me di cuenta de que no eran ellas el problema. Era yo. Y no fue fácil aceptar que, por más que lo intentara, mi corazón siempre gravitaba hacia los hombres.
No se lo he dicho a nadie. Ni a mis hermanos, ni a mis padres. No sé cómo lo tomarían, y en un lugar tan acogedor como Meymac, todo el mundo habla. Así que lo guardo para mí, el trabajo ayuda. Mantengo mis manos ocupadas y mi mente distraída, aunque algunas noches, cuando estoy solo en el porche mirando las estrellas, siento un vacío que ni siquiera el trabajo puede llenar.
Aquella tarde, mientras apretaba la última tuerca del tractor, me detuve un momento para mirar el bosque que se extendía más allá de la colina. Había algo en esos árboles oscuros, una especie de atracción que no podía explicar. Desde niño, siempre me fascinaban las historias que los aldeanos contaban sobre espíritus y criaturas que vivían en las sombras. Por supuesto, nadie las tomaba en serio, pero yo... yo siempre sentí que había algo más. Algo que nos observaba.
Un escalofrío recorrió mi espalda. Dejé las herramientas y me giré hacia el bosque. Algo había cambiado en el aire, como si la noche se acercara más rápido de lo habitual. Por un instante, me pareció ver una figura entre los árboles. Alta, elegante, inmóvil. Parpadeé, y ya no estaba.
—Debo estar cansado —murmuré para mí mismo, pero mi corazón latía con fuerza.
Esa noche, la cena con la familia fue como siempre. Ruido, risas, y charlas interminables sobre cosas que parecían importantes para los demás, pero que a mí me resultaban distantes. Después de ayudar a mi madre a recoger la mesa, salí al porche con una taza de té caliente. Me gustaba este momento de tranquilidad, cuando todos estaban ya en la cama y el mundo parecía detenerse.
El cielo estaba despejado, y las estrellas brillaban como pequeños faroles en la oscuridad. Desde allí podía ver el bosque, que ahora parecía aún más imponente bajo la luz de la luna. Me apoyé en la barandilla del porche y suspiré. La soledad no era algo que me molestara, pero esa noche pesaba más de lo habitual.
Y de pronto, un pensamiento vino a mí como una ráfaga de viento cálido.
“Al fin, he encontrado lo que he buscado durante siglos”.
…
Desde aquella noche, algo había cambiado. No podía explicar qué era, pero cada vez que estaba solo, sentía una presencia que no podía ignorar. Era como si alguien me observara desde un rincón oscuro, como si las sombras se movieran con vida propia. Me decía a mí mismo que sólo era mi imaginación, pero el escalofrío que recorría mi espalda me hacía dudar.
Una noche, mi madre me pidió un favor antes de irse a dormir.
—Julien, ¿puedes soltar al caballo? Lo dejamos en el establo, pero debería pasar la noche en el campo.
—Claro, mamá —respondí, aunque la idea de salir a esas horas no me entusiasmaba.
El aire era fresco y pesado. Caminé hacia el establo con una lámpara en la mano, la luz temblando con cada paso. El caballo resopló suavemente cuando me acerqué, como si también sintiera algo extraño. Lo guié hacia el campo, pero mis ojos no podían dejar de mirar hacia el bosque.
De pronto, sentí que algo me llamaba. Era como un susurro, suave pero irresistible. Antes de darme cuenta, mis pies me llevaban hacia los árboles. La lámpara colgaba débilmente de mi mano, y aunque mi mente me decía que debía detenerme, mi cuerpo no respondía.
Los árboles se cerraron a mi alrededor, y el mundo pareció oscurecerse. Mis piernas seguían moviéndose, como si no fueran mías. Quise gritar, pero mi voz no salió. Era como si estuviera atrapado en un sueño.
Finalmente, cerré los ojos, y todo se volvió negro.
Cuando desperté, estaba en mi cama. Mi pecho subía y bajaba con rapidez, como si hubiera corrido una gran distancia. Pero lo que realmente me sobresaltó fue que estaba desnudo. La ropa que había llevado puesta había desaparecido, y mi cuerpo aún temblaba, no de frío, sino de algo que no podía entender.
Me incorporé lentamente, mirando alrededor de mi habitación. Mi mente estaba llena de preguntas. ¿Cómo había llegado hasta aquí? ¿Qué había pasado en el bosque? Y, más importante, ¿quién o qué me había llevado de vuelta?
La sensación de ser observado seguía ahí, pero ahora no era sólo miedo lo que sentía. Había algo más. Algo que me intrigaba y me aterrorizaba a partes iguales. Algo que me decía que esto era sólo el comienzo.
“No hay hombre tan cobarde a quien el amor no haga valiente y transforme en héroe." —Platón






![The Moon's Weapon : the cursed mate [ MOVING TO GALATEA]](https://cdn-gcs.inkitt.com/vertical_storycovers/ipad_123f31099804e79c6de11657975bcaae.jpg)

