EL DESPERTAR
EL DESPERTAR
Nací en un eclipse lunar total. Ningún hombrelobo nacía en un eclipse lunar, pero yo lo hice.
La magia de los lobos es más fuerte dependiendo de en que fase de la luna nazcan. Incluso los nacidos en luna nueva tienen lobo y tienen fuerza, no tanto como alguien nacido en luna llena, pero la tienen.
Pero yo, la única nacida durante una luna eclipsada no percibo la magia de mi lobo, ni se si quiera si lo llegaré a tener alguna vez. No tengo la fuerza de los hombreslobo, ni los reflejos, sentidos o poder de curación. Incluso mi hermano Klaus a los diez años, aún sin su lobo, ya era más fuerte y más rápido que yo.
Mi familia, los Guldbransen, es una de las familias más influyentes y poderosas del reino. Mi padre Herald y mi madre Ada son miembros del consejo real y miembros de la asamblea de nuestra manada.
Soy la cuarta hija de cinco. Esta mi hermana mayor Ida de veinticuatro y mis hermanos mayores Dornan y Jondalar de veintidós y mi hermano pequeño de doce años Klaus.
Decidieron llamarme Selenelion, nombre que odio, así que todos o casi todos me llaman Selene o Sel.
El lobo suele comenzar a aparecerse en la cabeza sobre los catorce o dieciséis años, pero los lobos poderosos y todos en mi familia perciben a su lobo y se transforman por primera vez a los doce años. Es algo raro, algo que solo ocurre en los lobos fuertes y de luna llena. Todos mis hermanos mayores lo hicieron, todos menos yo.
Hoy hay luna llena y el lobo de mi hermano pequeño Klaus esta preparado para salir. Celebramos una ceremonia ancestral llamada el despertar, la noche en que se transformará en su lobo y podremos verle por fin por completo.
Los hombreslobo nacidos en luna llena tienen un lobo poderoso por lo que para conseguir sacarlo, el despertar tiene que ser... especial.
No puedo negar que me alegro y me siento feliz por Klaus. Es el niño de mis ojos y a quien más quiero en este mundo, pero pensar en lo que pasará hoy hace que sienta un enorme vacío en mi interior. Yo nunca he tenido un despertar y a punto como estoy de cumplir los dieciocho años, dudo mucho que alguna vez vaya a tenerlo.
Un golpe fuerte en la habitación de al lado me hizo abandonar rápidamente mis pensamientos. Salí de mi cuarto para dirigirme al de Klaus. Al abrir la puerta le encontré con la cara roja de enfado y el ceño fruncido en una esquina, dando patadas a lo que aparentaba ser un montón de telas.
Levantó la cabeza en cuanto notó que había entrado alguien y pareció aliviado de encontrarme a mí y no a otra persona.
- ¿Qué te pasa Klaus? -le pregunté.
Creí darme cuenta de lo que le pasaba en cuanto me percaté de que el montón de telas era el traje ceremonial para esta noche.
- Si mama piensa que voy a ponerme esta cosa ridícula esta delirando. -refunfuñó.
Me acerqué a él con una medio sonrisa en la cara. No quería reírme pero tuve que hacerlo porque era adorable cuando se enfadaba así. A sus doce años ya era más alto que yo y sus músculos estaban empezando a aparecer, su fuerza a aumentar y ya era un pequeño hombrecito, pero a la vez aún seguía siendo un niño y mi hermano pequeño.
Recogí el traje del suelo y lo estiré delante nuestro para que pudiéramos verlo bien.
- Realmente es horrible. -me reí entre dientes y Klaus soltó un bufido hastiado.
Era un camisón marrón atado con cordones de cuero, con piel de conejo blanco que cubría toda la espalda y los hombros.
El bajo estaba adornado por runas bordadas en hilo de oro y acaba con un montón de colas de conejo como si de flecos se tratase.
- No pienso ponérmelo. -dijo tajantemente.
Se cruzó de brazos y se dejó caer en su cama con los ojos clavados fijamente en el techo.
Dejé el horrible camisón sobre el escritorio y me tumbé a su lado.
- Nito, no te queda otra. Todos tienen que llevarlo en su ceremonia del despertar, es la tradición. Solo serán unas horas.
Nito es como yo le llamo, mi pequeño hermanito, Nito.
- ¿Sel, tú también llevarás tu traje ceremonial? - me preguntó mirándome fijamente.
Acababa de darme cuenta, abrí mucho los ojos e inspiré profundamente. Los dos nos echamos a reír con unas sonoras carcajadas.
- ¡Vamos a ser un par de pringados! -solté entre risas.
De golpe la puerta volvió abrirse con un estruendoso golpe y mis dos hermanos mayores Jondalar y Dornan entraron como un huracán. Se pararon en seco y empezaron a cantar una canción gutural mientras se golpeaban el pecho con el puño izquierdo. Klaus y yo volvimos a mirarnos y no pudimos parar de reírnos de nuestros intensos hermanos mayores.
Comenzaron a canturrear más rápido y más alto y a golpearse más fuerte. Se acercaron poco a poco hacia nosotros hasta que acabaron saltando encima y empezaron a hacernos cosquillas y apachurrarnos con sus enormes cuerpos.
Después de un rato, cuando ya nos dolieron las costillas de tanto reírnos decidieron tener piedad de nosotros y se levantaron.
- Hoy es tu día hermanito. -gritó Jondalar mientras tiró de Klaus para que quedase de pie junto a él. Le rodeó con el brazo y le empezó a frotar la cabeza con el puño para hacerle rabiar.
Klaus intentó liberarse pero era imposible, Jondalar era una mole, medía 1.92 y tenía músculos en los músculos. De pronto Klaus pilló desprevenido a Jondalar y le retorció el pezón consiguiendo salir corriendo de la habitación.
- Ya puedes correr pequeño cachorrito. -gritó Jondalar antes de salir corriendo de la habitación con su pelo rubio tras nuestro hermano pequeño.
Me reí de nuevo. Dornan me lanzó la mano y yo me agarré a él para levantarme de la cama. Me pasó un brazo sobre los hombros y salimos juntos de la habitación.
- ¿Cómo estas hermanita? Se que lo de hoy no debe de ser fácil para ti. -me dijo.
Tanto Dornan como Jondalar eran unos locos y unos intensos, pero Dornan siempre había tenido un lado cariñoso y leal que es lo que hacía que le quisiera con todo mi corazón. Siempre había sabido consolarme y cuidarme como ni siquiera habían sabido nuestros padres.
Dornan y yo éramos los únicos que no nos parecíamos a nuestra madre, él tenía el pelo castaño y los ojos oscuros de nuestro padre. Los demás tenían el aspecto de nuestra madre, rubios y con ojos verdes. Yo, sin embargo, aunque tengo el rubio más claro pero similar a mi madre, tengo los ojos grises, ni verdes ni azules y unos rasgos completamente distintos. Todos son altos y musculosos, yo más pequeña y delgada.
Dornan y Jondalar comparten el año de nacimiento, Dornan nació primero, en enero y Jondalar en noviembre. Toda la vida llevan haciéndolo prácticamente todo juntos.
Le miré a sus negros ojos y le hice una media sonrisa. No tenía que decirle nada más, me apretó un poco más el hombro y se agachó para darme un beso en la cabeza.
- Vayamos a darle de comer a este pequeño cuerpo tuyo. -dijo empujándonos escaleras abajo y hacia el comedor.
Entramos en el comedor y el resto de nuestra familia estaba allí. Mi hermana Ida con su libreta y su teléfono. Tecleaba furiosamente cosas en la pantalla mientras pasaba de un lado al otro las hojas de la libreta. Nuestro padre, Herald, en la cabecera de la mesa leyendo el periódico despreocupadamente. Nos sonrió ampliamente en cuanto entramos y dio un largo sorbo a su café mientras volvía a esconderse tras el periódico. Mama, Ada, estaba a su lado intentando hacer entrar en razón a Klaus que no paraba de masticar las tostadas, el beicon y los huevos de mala gana.
Dornan se sentó junto a Jondalar que ya tenía el plato lleno y no paraba de engullir como si llevase más de un mes sin comer. Dornan se llenó el plato hasta que no cupo más y empezó a comer de la misma exagerada manera.
Me fijé en que hoy había muchísima comida para los que estamos allí. Juro que esos dos podrían acabar con todo un rebaño de vacas si les dejaran.
Me senté junto a Ida para no tener que ver como comían esos dos y me revolviesen la tripa más de lo que ya la tenía por los nervios.
Apenas comí un trozo o dos de beicon y una tostada. Durante el desayuno intenté hablar con Ida pero estaba desbordada con su móvil. Estaba intentando que todo estuviese perfecto para la ceremonia, las flores, el catering, la música... era una controladora y lo había sido desde pequeña. No me malinterpretéis, era muy buena en todo lo que hacía pero no podía haber ni una cosa fuera de su control o se volvería loca.
Se oyó el timbre de la puerta, Olga, que era nuestra ama de llaves se dirigió hacia allí y abrió la puerta. Escuché varios pares de pasos acercándose a nosotros y me tensé.
Por eso había tanta comida, pensé.
Por la puerta del comedor entraron Ayax y Eriksen, los mejores amigos de mis hermanos mayores. Los cuatro se han criado juntos, han estudiado juntos, han hecho deporte juntos, trabajan juntos, todo lo que podían hacer juntos, lo han hecho, son inseparables. Nos saludaron a todos y se sentaron a comer con el mismo apetito que mis hermanos.
Ambos me dirigieron una mirada y me di cuenta de que me habían pillado embobada mirándoles. Les esbocé una pequeña sonrisa y desvié la mirada. Eran de los chicos más conocidos de nuestra manada, eran altos y musculosos y guapos a rabiar.
Ayax tenía el pelo castaño y ojos color avellana, era alto y muy atlético. Lo que más destacaba de él era su impresionante y pícara sonrisa que siempre estaba esgrimiendo. Era jugador del equipo de futbol americano y otro nacido en luna llena, por lo que todo el mundo le conocía.
Eriksen tenía el pelo negro ondulado y unos preciosos ojos color miel, era tan alto como Jondalar e igual de musculoso. Aunque era agradable e incluso a veces divertido, casi siempre estaba tenso y serio, con su habitual ceño fruncido.
Ida me dio una pequeña patada por debajo de la mesa y me atraganté con el último trozo de tostada. La vi con su sonrisa juguetona que decía "deja de comértelos con la mirada" y me dieron ganas de asesinarla.
Se levantó elegantemente con su larga melena rubia cayéndole por los hombros y sin más, dijo:
- Vamos Selene, tenemos que ponerte guapa para esta noche, la manada y muchos invitados estarán allí mirándote, quizá encuentres a tu pareja hoy. Recuerdo que ese traje ceremonial era un poco largo, deberíamos hacerlo más cortito y sexy. -canturreó bien alto para que todos la oyeran.
Oí caer un cubierto y romperse una copa. Todos miramos hacia Jondalar, Dornan, Ayax y Eriksen. Ellos miraban de Ida a mí con las caras rojas de enfado.
- ¡De ninguna manera! -estalló Jondalar.
- Eres un hipócrita. - le espetó Ida que estaba preparada para el ataque- las chicas con las que salís a penas se tapan todo lo que hay que taparse y os encanta. Selene puede ponerse lo que quiera.
Acababa de quitarme las palabras de la boca. Ida siempre había sido la más peleona de todos, siempre me sacaba la cara delante de mis hermanos y estaba muy agradecida por ello.
Pasé casi toda mi infancia con mis hermanos mayores y sus amigos, siempre me habían tratado como la pesada hermana pequeña que les molestaba o perseguía fastidiándoles los planes. Aunque me trataban bien y les gustaba contentarme cuando estaba con ellos, les importaba poco si iba o venía, pero desde hacía unos años comenzaron a ser demasiado protectores conmigo.
Ida al ser la mayor no vivió nada parecido y por eso me echaba una mano siempre que podía. Por culpa de mis hermanos no se me acercaba ningún chico, tenía tres amigas contadas y ni me invitaban a fiestas porque nadie quería hacerles enfadar.
Mientras, ellos, los cuatro, iban a todas las fiestas que encontraban en la ciudad y se acostaban con todas las chicas que les apetecía.
Jondalar se levantó de un salto tirando la silla hacia atrás a punto de decir alguna tontería. Antes de que pudiera decir nada mama le paró en seco con un sonoro rugido.
A mama nunca le habían hecho falta las palabras para tenernos controlados. Ni siquiera tuvo que levantar la vista de su desayuno.
Jondalar volvió a sentarse con los ojos fijos en Ida y después en mi susurrando algo que no pude oír.
Las dos salimos riéndonos del comedor. Me giré en el último momento y vi a los cuatro chicos mirándonos fijamente y les saqué la lengua. Solo se rio Ayax mientras agitaba la cabeza divertido.
Subimos hasta el cuarto de Ida. Estaba impoluto, la cama bien hecha y cubierta con una colcha turquesa, el escritorio con un portátil y un jarrón con flores frescas. De la pared colgaban cuadros con fotos de la familia, de su mitad y de sus amigos. Las cortinas combinaban a la perfección con la colcha y la alfombra, tenía todo decorado a la perfección.
Abrió el armario del cuarto y vi solo un par de vestidos allí colgados en un lado y mi traje ceremonial en el otro.
Ida se fue hace tres años a vivir con su mitad, Killian. Como pasa siempre con los hombres lobo, fue amor a primera vista, el vinculo les unió y desde entonces no se habían separado. Me dio mucha pena que se marchara, pero Killian había demostrado ser un perfecto compañero para mi hermana y le aprecié por ello.
- Tenías que ver la cara de esos cromañones de ahí abajo. -se rio Ida.
Sacó el traje ceremonial y me quedé con la boca abierta. Ya lo había modificado y era espectacular.
- No iba a dejar que fueses a la ceremonia con esa cosa horrible. -bufó Ida.- Vale que yo tuviera que ponérmelo con doce años en mi despertar y con catorce en el despertar de Dornan, pero no dejaré que tú con casi dieciocho años te pongas esa cosa ridícula.
- Gracias, gracias y gracias. -le dije mientras me tiraba a ella para abrazarla fuertemente.
- Tienes que dejarlos a todos con la boca abierta hoy. - me guiñó un ojo y le puse los ojos en blanco.
- Ida... ya sabes que...
- No. -me cortó agitando las manos.- sin malas vibras hoy. Vamos, comenzaré a pintarte.
Después de un par de horas Ida parecía estar satisfecha con la pintura de mi cuerpo.
La ceremonia del despertar no había cambiado que yo supiese en los últimos cientos o miles de años. Llevábamos trajes ancestrales de nuestros antepasados y nos pintábamos el cuerpo con tatuajes y runas que hablaban sobre la luna, el poder de los lobos y la manada.
Me miré en el espejo y me vi espectacular. Dibujó líneas, runas y círculos por todo mi cuerpo y aunque fuese algo tribal y fuera de los tiempos actuales, me gustó.
Se abrió la puerta y allí estaba Dirda hablando con Eriksen en el pasillo. Mantuvo la puerta abierta mientras acababa de conversar con él, sin darse cuenta de que yo estaba allí enfrente expuesta, solo cubierta con mi ropa interior.
Entonces Erik me miró directamente y se pasó la mano por el pelo como solía hacer.
- Espectacular. - dijo mirando mi cuerpo de arriba a abajo antes de seguir por el pasillo e irse.
¿Se ha referido a los tatuajes? Me quedé pensando.
Dirda entró y cerró la puerta.
- Madre mía, si que es espectacular. -dijo ella mirándome y refiriéndose a la pintura.
Dirda era una de mis mejores amigas. He de reconocer que tampoco es que tuviese muchas. Todas las chicas de la manada querían ser amigas mías para llegar hasta mis hermanos y sus amigos, pero acababa calándolas rápido y pasando de sus falsas amistades.
Dirda sin embargo era genuina y sabía que era amiga mía por que le caía bien y lo pasábamos bien juntas y no por otra cosa. Ella no necesitaba juntarse a mí para conseguir a un chico, era espectacular, alta, morena, con el pelo liso y largo, los labios carnosos y los ojos azul eléctrico. Tenía esa belleza singular que a todos les hacía quedársela mirando cuando pasaba.
Además, no necesitaba intentar ligar con mis hermanos o con sus amigos, prácticamente estaban destinados a estar juntos.
Jondalar, Eriksen y Dirda nacieron los tres a medianoche, la misma noche, bajo una superluna. Ni un segundo antes, ni un segundo después. Las ancianas predijeron que eso debía de ser una señal de que estaban vinculados y destinados de alguna manera.
Todo el mundo pensaba que cuando los tres por fin hubieran despertado a sus lobos dos de ellos quedarían vinculados como su mitad, como pareja, pero no fue así.
Recuerdo aquel día aunque yo era una niña de ocho años. La ceremonia del despertar de ellos tres fue conjunta, las ancianas lo ordenaron así ya que nacieron a la vez.
Los tres se transformaron juntos y el asombro nos recorrió a todos los presentes cuando los tres volvieron de su despertar convertidos en tres enormes lobos blancos. Nadie tenia un lobo blanco, nadie salvo los alfas más poderosos.
Ni siquiera las ancianas supieron que decir. Ninguno quedó vinculado como pareja y eso solo demostraba una cosa, que alguno de ellos o quizá todos se convertirían en el alfa de la manada. Los alfas no encontraban a su mitad hasta que ocupaban su verdadero lugar al mando. Era extraño que una loba ocupase el lugar del alfa pero Dirda era igual de fuerte y capaz, por lo que cualquiera de ellos tres podría convertirse en el nuevo jefe de la manada y entonces, quizá vincularse entre ellos. Dirda con Jondalar o Dirda con Eriksen.
Aquella noche tuvo su propia fiesta y después del asombro inicial todos lo pasamos en grande bailando, bebiendo y comiendo. Todos excepto el alfa actual, Fredrik. Que apareciesen los tres lobos blancos suponía que en los próximos años su manada dejaría de verle como el más fuerte y le sustituirían por el siguiente alfa.
- Vamos que todavía tenemos mucho trabajo. - dijo Ida mientras tiraba de mi hacia el baño sacándome de mis pensamientos.
Allí pasamos el resto del tiempo mientras me peinaba el pelo en trenzas y rizos y me maquillaba y pintaba la cara. Comimos allí dentro mientras cacareábamos y poníamos verdes a los chicos. Aunque yo era más joven que ellas, siempre me hacían sentir una más.
Antes de que dieran las seis, Dirda e Ida ya estaban preparadas con ropa elegante y a mí solo me faltaba ponerme el traje ceremonial.
Con los arreglos de Ida constaba de un top de cuero marrón con piel de conejo en los hombros y espalda, tiras de cuero que caían sobre mi vientre como flecos y una corta falda que me ajustaba a la perfección. Me quedaba como un guante y a la vez era cómodo y hermoso y no era para nada ridículo como había pensado que sería.
- Hoy todos los hombres solteros de la ceremonia van a babear por ti hermanita. Deberíamos conseguirte alguna cita. -dijo Ida.
Dirda hizo desaparecer la sonrisa que tenía en los labios hasta hace un momento y se dio la vuelta maldiciendo.
- Deja de ser tan monja Dirda, tú también deberías darte un homenaje de vez en cuando. -le dijo mi hermana juguetonamente mientras movía las caderas sensualmente.
Dirda cogió un cojín de la cama y se lo tiró a la cabeza. Ida hizo como si la hubiese herido de gravedad agarrándose la cabeza de manera dramática.
Las tres comenzamos a reírnos y nos dimos un abrazo antes de salir por la puerta.
Abajo nos esperaban todos, mis padres, mis hermanos mayores, Eriksen y Ayax.
Todos se quedaron con la boca abierta al vernos. Noté como los ojos de los cuatro chicos me recorrieron y sentí un escalofrío. Jondalar se giró rápidamente con un aspaviento de la mano y Dornan resopló molesto, claramente no les gustaba el arreglo que había hecho Ida al traje. Mis padres sin embargo sonreían y eso era mucho porque ellos eran muy estrictos con las tradiciones y con no transgredirlas.
Klaus apareció por las escaleras tras nosotras y le noté furioso al mirarme.
- Íbamos a ir ridículos los dos juntos Sel, ahora tu estas genial y yo parezco idiota. -se quejó Klaus.
Los chicos empezaron a reírse de él y sirvió para relajar un poco el ambiente. Mama y papa acudieron a ayudar a Klaus para que nuestros hermanos mayores dejaran de avasallarlo y todos nos dirigimos hacia los coches.
Noté la mano de Ayax sobre mi cintura y como me empujaba en dirección a su coche. Le miré y le di una cálida sonrisa entre avergonzada y acalorada. Ya nos habíamos tocado otras veces pero esta vez noté como sus dedos me acariciaban la piel y no me parecía un gesto inocente, si no más bien una caricia intencionada.
Me quité el pensamiento de la cabeza, porque eso no era posible...
O tal vez si.
Me abrió la puerta del copiloto pero antes de que entrase, Jondalar me empujó y entró primero.
- Hermanita, tú para atrás -soltó.
Me fui hacia los asientos de atrás y vi a Ida sentada en el otro lado. Me senté a su lado y cuando fui a cerrar la puerta entró Eriksen.
Tuvo que apretarse contra mí para entrar y yo apretarme contra Ida. El coche de Ayax era un coche amplio pero aun así Erik era muy grande y corpulento. Ese día llevaba el pelo negro ondulado alborotado, iba recién afeitado y vistiendo una camisa blanca y unos vaqueros. Era el hombre más guapo que había visto en mi vida y que creía que existiese, un adonis. Tenía unos labios carnosos que invitaban a besarlos una y otra vez, una nariz recta y unos ojos con una mirada que podría derretir hasta un glaciar.
Ayax se sentó agarrando el volante y miró a Erik.
- ¿No vas a llevar tu coche? -le preguntó sorprendido.
Erik se encogió de hombros y se recostó en el asiento echando el brazo por encima de mi reposacabezas.
- Estoy muy cómodo aquí y además no quiero preocuparme de beber y no poder conducir. -dijo despreocupado.
Resoplé al oír sus palabras, cómodo estaría él porque yo estoy tan aplastada que casi no podía ni respirar. Nuestras piernas y torsos estaban tan juntos que parecíamos siameses. Le di un codazo para que me dejase algo más de espacio. Me miró, le hice un gesto y se rio pero sin moverse ni un milímetro.
Me quedé mirando su sonrisa que no solía hacer acto de presencia habitualmente y le devolví la sonrisa con la expresión más bobalicona del mundo, mientras intentaba que no se me cayese la baba.
Ayax arrancó y por fin miré hacia delante.
Contrólate Sel. Pensé, pero teniéndolo tan cerca era muy difícil.
Había estado enamorada en secreto de Erik desde que éramos niños y tenerlo tan cerca tocándonos me estaba poniendo muy nerviosa. Notaba como se me aceleraba el corazón.
Jondalar y Ayax se pusieron a hablar de algo sobre la fiesta de después pero yo no era capaz de enterarme de que decían.
Ida cogió su teléfono y se puso a llamar a no se quien para decirle que estábamos en marcha y que empezase a prepararlo todo.
Entonces Erik me puso la mano encima del muslo.
- Estate tranquila Sel, no tienes que estar nerviosa. - me susurró inclinando su cabeza hacia mi oído.
Me recorrió un escalofrío y él se puso a mirar distraídamente por la ventana sin quitar la mano de encima. Aunque sabía que intentaba tranquilizarme y solo lo hacía porque me veía como a su hermana pequeña, yo estaba temblando por dentro y no podía decir que todo fuese por el despertar.





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