Capítulo 1
Aren - Villa Carlos Paz, Córdoba, Argentina.
Se encontraban en un recinto muy acogedor, llamado “La Casa de Tula”, se le hizo a Aren muy raro el nombre, y tan pintoresco como el lugar. Era todo de madera y tenía exuberantes plantas colgadas por doquier.
Estaba allí con Lito y Matthew, haciendo el favor a su amigo Xander de vigilar a la chica de uno de sus vasallos. Pedían unas bebidas para disimular, cuando cuatro jóvenes mujeres ingresaron en el restaurante. Una de ellas llamó su atención, rubia y alta, de cuerpo muy curvilíneo; con un rostro perfectamente armonioso y actitud coqueta.
Las mujeres se sentaron en una mesa cercana a la de ellos, podía oírlas conversar. Una de las recién llegadas, tenía una voz y un aroma que comenzaron a atraerle sobremanera, haciéndole olvidar a su compañera, pero la portadora de dichas características estaba de espaldas a él, su cabello ondeaba oscuro pasando sus hombros, se notaba delgada. No vio su cara al entrar porque la rubia había captado toda su atención al principio.
Intentaba estar atento a lo que hablaban, no obstante, también debía concentrarse en aquello por lo que estaba allí, pues no podía permitirse cometer errores. De todas maneras, parecían conversar de trivialidades. Pensó en acercarse a ellas, pero en ese instante, Camila y Lola, las mujeres que estaban siguiendo, se levantaban para irse. Apresuradamente, pidió a Lito que se acercara a las jóvenes y les dejara una tarjeta con una propuesta de trabajo, mientras salía del lugar.
Silveria - San Francisco, Córdoba.
Ya viajando hacia su ciudad natal, era la medianoche y pararon en San Francisco, sus amigas dormían. Silveria, desvelada por todo lo que estaba pasando en su vida, jugaba con la tarjeta que aquellos hombres les dejaron. Era de color azul, en el centro se leía Humanity Works en grandes letras blancas, y por debajo figuraba la dirección web, la cual visitaría apenas llegara a su casa.
Habían mencionado que pagaban bien, y en su situación desesperada, era capaz de hacer cualquier cosa con tal de salvar la casa de la familia.
Silveria vivía con su mamá, Amanda, y su hermana menor, Lorena. Su padre las había dejado cuando Lore estaba recién nacida, después de eso lo veían cada tanto. Aunque la avergonzaba, tenía asumido que él fue siempre un alcohólico sin remedio. Al morir, un año atrás, únicamente les dejó deudas. Lo peor, era una hipoteca sobre la casa donde ellas vivían, que cada vez se les hacía más difícil pagar. Ahora se habían vuelto a atrasar y las intimaciones llegaban constantemente. Su madre empezaba a tener achaques, dolores de distintos tipos, que atribuía a su edad, pero Silveria estaba segura de que era por el estrés que estaban viviendo.
Con los sueldos de las dos, apenas les alcanzaba para pagar los gastos y con la hipoteca a veces no llegaban. Lorena todavía estaba en la secundaria, por lo que nada podía aportar. Ella misma, había trabajado y estudiado siempre, para no darle dificultades a su madre y que Lore pudiera tener una vida más fácil.
Suspiró mirando por la ventanilla las luces de la ciudad desierta.
— ¿Qué hora es? — Preguntó Lucía, su mejor amiga, que viajaba en el asiento de al lado.
— La una y media — le respondió.
— ¿Y por qué paramos?
— No sé.
— Voy a bajar, a lo mejor puedo ir al baño y caminar un poco, ¿querés venir? — Habló Luci poniéndose de pie y buscando su bolso que estaba en el maletero sobre los asientos.
— No, ya me estaba durmiendo.
No dijeron nada más y la chica se bajó.
Llegaron a Frank como a las cuatro, su casa quedaba a dos cuadras de la plaza, por calle Saavedra, así que con Luci, que vivía al lado, fueron caminando, conversando sobre el curso al que asistieran en Carlos Paz. El viaje lo hicieron junto con Florencia y Marcela, que habían estudiado con ellas, pero no vivían en la misma ciudad y por esto se bajaron en Esperanza. Viajaron juntas para poder compartir los gastos de la estadía.
La casa era antigua, había pertenecido a sus abuelos maternos, y antes a sus bisabuelos, siempre había estado en la familia desde que se construyó. Un suspiro apesadumbrado se le escapó de pensar que probablemente iban a tener que dejársela al banco y mudarse a otro lado.
— ¿Estás cansada? — La voz de Lucía la hizo salir de sus pesares.
— Sí, un poco.
— Bueno, descansá. Nos vemos mañana.
— Dale.
Aren - Cuesta Blanca, Córdoba, Argentina.
“Tráemela”. Era el escueto mensaje de Xander, por el cual se habían apostado desde la noche anterior en las afueras de la rústica cabaña, en la que las dos mujeres se alojaban. Se acercó a la ventana y pudo ver que la chica joven se metía al baño, mientras que la directora de Vex, se quedaba en la pequeña sala jugueteando con su móvil.
No era posible para los vampiros ingresar a un lugar sin ser invitados, pero lo que sí podía era hacerla salir, así que mientras Lito y Matthew esperaban uno a cada lado de la puerta, él tocó, haciendo que la chica abriera. Influyó en ella para que no gritara y saliera tranquilamente.
Apenas la mujer dio dos pasos hacia el exterior, Lito lanzó sobre su rostro un efectivo gas que la hizo caer en brazos de Matthew al instante. Y así fue como entre los tres se llevaron a Camila.
Silveria - Frank, Santa Fe, Argentina.
Había sido una semana difícil, trabajaba en un estudio de arquitectura en el área de diseño de interiores, y con todo lo que le pasaba le costaba mucho concentrarse. Pensando y pensando qué podía hacer para ayudar, para que su mamá no perdiera el único bien que poseía.
— ¿Me oís? — Su jefe Gonzalo la miraba con el ceño fruncido.
— Sí — él estaba parado adelante de la mesa de dibujo donde ella trabajaba en unos planos que no había podido resolver.
— Estás distraída — le dijo.
— No, es que… — mientras buscaba las palabras para justificarse, él rodeó el escritorio y se inclinó sobre ella fingiendo mirar los planos, no era la primera vez que hacía eso, lo que a Silveria la ponía muy incómoda.
— Si necesitas algo — le susurró, — yo te puedo ayudar.
— No necesito nada — respondió rápido y se levantó alejándose.
Gonzalo ya pasaba por largo los cuarenta y aunque era un lindo tipo, estaba casado y su esposa, también arquitecta del estudio, era una mujer superbuena.
A Silveria no le gustaban estas situaciones, pero necesitaba el empleo más que nada, en especial en este momento. “Prefiero vender mis órganos antes que acostarme con este desgraciado” pensó, y al formarse esta frase en su mente, recordó la tarjeta de Humanity Works.
Le parecía haberla dejado en el bolso de viaje, no estaba segura porque en el mes que transcurriera desde el viaje se había olvidado por completo. Cuando llegara a casa iba a entrar en esa página a ver de qué se trataba, el hombre que les había dado el dato les comentó que pagaban muy bien.
En ese momento, para salvarla de tan bochornosa situación, entró María, la esposa de Gonzalo.
— ¿Ya está listo eso?
— No. Parece que Sil decidió no hacer nada hoy.
— Perdón, estoy bloqueada, no sé por qué no pude — se excusó ella mirando a María.
— A lo mejor necesitás buscarte otro trabajo — insistió Gonzalo resentido porque ella no respondía favorablemente a sus insinuaciones.
— No seas así, ¿querés? — Intervino su esposa. — ¿No ves que se siente mal?
Ella misma no se había dado cuenta de que se sentía mal, pero era verdad, parecía que el mundo se le venía encima. Respiró profundo y volvió a su asiento. María espantó a su esposo y enseguida le trajo un café.
— Gracias — apenas pudo hablar.
— Cualquier cosa que necesites, sabés que podés contar con nosotros — expresó la mujer sinceramente preocupada.
— Gracias.
— Mejor tomate el resto del día y mañana, si te sentís bien, venís y si no te quedás en tu casa hasta que se te pase. No te preocupes por lo que diga este boludo, no vas a perder el trabajo acá.
Asintió con la cabeza y después de juntar sus cosas se fue.
Aren - Al norte del Atlántico
Cuando Xander le comentó que viajaría a Argentina para ocuparse de algunos problemas de insubordinación, se ofreció gustosamente a acompañarle para salir de la rutina. Desde que habían establecido aquel imperturbable orden en el concilio de Marsella poco más de cien años atrás, sus vidas se habían vuelto cada vez más pacíficas y… aburridas.
La tarea que le encomendó fue secuestrar a Camila, la novia de Gaspard Genolet, para castigarlo por haber permitido que su “hija adoptiva” rompiera las leyes vampíricas. Luego de traer a la chica, a la isla de Xander, se encontraba junto a este, bebiendo hidromiel, en la biblioteca de su castillo.
— ¿Qué piensas hacer luego con la chica? — Le preguntó.
— Devolverla, siempre y cuando no haya cambios.
— Se veía un poco asustada, pero no tanto — comentó considerando que era una humana, — diría que es una mujer valiente.
— No la hemos maltratado, no tiene motivos para tener miedo, ya pronto se dará cuenta y se tomará esto como unas vacaciones.
No se imaginaba cómo la chica se tomaría un secuestro como unas vacaciones, pero sin duda eso significaba que Xander no tenía intenciones de maltratarla.
— ¿Me habilitas a conocerla mejor?
— No antes de que yo la conozca mejor.
Se sorprendió de la respuesta de su amigo, ¿sería que la muchacha le gustaba? No recordaba a Xander en una relación en… ¿Más de un siglo? La eternidad podía ser un camino solitario...
— Es bonita y sus grandes ojos de gacela tienen un brillo especial — caviló Aren recordando cómo ella lo había mirado cuando le informó que pronto el dueño del lugar supliría todas sus necesidades.
— ¿Ojos de gacela? — Dijo Xander pensativo. — Sí, pero además, es diferente de la mayoría, y tiene carne en su cuerpo — sonrió.
— Deberías permitirte un poco de sana competencia — sugirió solo para ver la reacción del hombre rubio frente a sí, ya que Camila no era el tipo de mujer que le atraía.
— Quiero saber qué tiene esa chica tan insignificante para haber atrapado a Gaspard, él nunca se inclinó hacia nadie, fuera de esos dos niñatos que adoptó — explicó.
— Me puedo quedar unos días… — insistió.
— Claro que no — respondió cortante. — Es mía y hasta que no decida que no me gusta, nadie se acercará a ella.
El regente del lugar era un hombre de origen nórdico, alto, de ojos de color celeste como el hielo y cabellos rubios hasta los hombros. Su aspecto era sin duda imponente, pero su amistad era milenaria.
— Claro, Xander — habló riendo. — Solo bromeaba.








