Capítulo 1: El comienzo
Allison
Solté un quejido mientras me daba la vuelta para mirar el despertador.
Eran las 5:30 de la mañana. Me daban ganas de meterme en un agujero y morirme.
Salí de la cama poco a poco y me vestí.
Después de cambiarme, pasé al baño a lo mío y bajé las escaleras despacio.
Tengo que andar con pies de plomo para no despertar a mi papá.
No es una persona muy de mañanas... ni de tardes... ni de noches. De hecho, apenas parece una persona.
Si se preguntan por qué, ahora les cuento.
Desde que mi mamá murió de cáncer cerebral hace tres años, mi papá se hundió por completo.
Se refugió en la bebida como única salida. Además, me da unas palizas de espanto cada vez que tiene oportunidad.
Y si se preguntan por qué tengo que despertarme a las 5:30 cada mañana, es porque le tengo que preparar el desayuno. Él espera tenerlo listo sobre la mesa a las 6:30 en punto.
Si no está a tiempo, bueno, digamos que la cosa se pone fea.
Por fin llegué a la cocina y abrí el refrigerador sin hacer ruido.
Saqué los huevos y encendí la estufa. Luego agarré el pan y lo puse junto a la tostadora.
Me obliga a cocinarle lo mismo todas las mañanas.
Tres huevos estrellados, dos rebanadas de pan tostado con mermelada de uva y tres tiras de tocino. Ah, y no puede faltar la cerveza bien fría que siempre pide.
Ese hombre se toma como treinta cervezas al día. No es broma.
Como solo le gusta la cerveza helada, la saco del refri en cuanto oigo su primer paso en la escalera.
Tengo que estar parada a un lado justo cuando entra a la cocina. Si no estoy ahí, me toca un revés en la cara o un puñetazo en la panza. El revés es cuando está de buen humor.
Suspiré mientras ponía el pan a tostar y rompía los huevos en la sartén.
Como la sartén es muy pequeña, tengo que hacer los huevos uno por uno.
Como podrán notar, no nos sobra el dinero.
Mi papá y yo nos mudamos aquí apenas ayer.
Vivimos en una casita blanca de un solo piso en un barrio de mala muerte. Literalmente. Hay tantos crímenes aquí que me sorprende que el alcalde no haya clausurado esta zona.
Dejé de mirar la cocina cuando oí que saltó la tostadora.
Saqué rápido la mermelada del refri y retiré el pan tostado.
Miré hacia atrás para asegurarme de que el tocino no se estuviera quemando.
Mi papá odia el tocino quemado. Le gusta tierno, pero no demasiado.
Puse los tres huevos en el plato y el pan recién untado a un lado.
Oí que se abría la puerta de su cuarto.
—Ay, mierda —me dije a mí misma mientras corría a la mesa para dejar el plato.
Revisé el plato para confirmar que no faltara nada.
Lo oí gruñir mientras bajaba las escaleras.
«¡La cerveza!», pensé aterrada mientras corría hacia el refrigerador.
Agarré una y abrí el cajón donde mi papá guarda el abridor.
Puse la cerveza en la barra y revolví el cajón.
«¿Dónde está?», grité en mi cabeza.
Empecé a entrar en pánico al oír que mi papá ya cruzaba la sala.
¡Mierda!
Agarré la botella rápido y la apoyé contra el borde de la barra.
Después de acomodarla, le di un golpe seco a la tapa con la mano y salió volando.
Recogí la tapa, la tiré a la basura y puse la cerveza junto a su plato. Me puse en mi sitio justo cuando mi papá entraba a la cocina.
Cielos, estuvo cerca.
—Veo que esta vez lograste seguir las órdenes. Bien —murmuró mi papá mirando su plato y luego a mí.
—Gracias, papá —dije con voz monótona.
Solté un grito ahogado cuando sentí un golpe en la mejilla que me hizo chocar la cabeza contra la pared.
—¡Te dije que no me volvieras a llamar así! ¡Eres una perra estúpida! —gritó mientras se me encimaba.
Me llevé la mano a la mejilla y asentí. —L-lo siento, señor.
Mi papá solo gruñó antes de darse la vuelta para sentarse a la mesa.
Iba a decir algo, pero algo le llamó la atención.
Seguí su mirada y me estremecí.
Estaba mirando el borde de la barra que usé para destapar la cerveza.
—¿Por qué está dañada la barra? —me preguntó con los ojos entrecerrados.
Me quedé helada. ¡Invéntate algo, Allison!
—N-no lo sé, señor —dije mientras me enderezaba, aún tocándome la mejilla—. Ya estaba así cuando bajé. Pensé que lo habrían hecho los de la mudanza.
—Idiotas —gruñó él mirando la barra—. Les dije que tuvieran cuidado.
Asentí dándole la razón. Siempre era mejor estar de acuerdo con él. Lo aprendí a las malas.
—Como sea —dijo metiéndose la mano al bolsillo para sacar algo—. Mañana empiezas la escuela. Toma esto y ve a la tienda a comprar las porquerías que necesites.
Me puse tensa cuando me lanzó un billete de diez dólares.
Lo levanté del suelo. —Gracias, señor.
—Lo que sea. Lárgate de mi vista ahora mismo —dijo antes de darle un trago a su cerveza.
Me puse los zapatos y salí por la puerta.
Sonreí al respirar el aire fresco.
Mientras esperaba en la pequeña banca de la parada del autobús, alguien se me acercó.
—Epa —balbuceó.
Genial. Otro borracho.
¿Quién demonios está ebrio a las 7:50 de la mañana un domingo? De verdad, qué gente.
Seguí mirando al frente. No me atrevía a mirar al hombre. Quién sabe qué podría pasar.
—¡Oye! —gritó mientras tropezaba hacia mí—. Te estoy hablando.
No le contestes, Allison. Las cosas solo irán a peor si lo haces.
Miré de reojo y me asusté.
El hombre ahora venía corriendo hacia mí.
Entré en pánico, pero me detuve al ver que el autobús por fin doblaba la esquina.
¡Vamos! ¿No puede ir más rápido este autobús?
El camión se detuvo justo frente a mí y las puertas se abrieron lentamente.
¡Al diablo!
Me lancé hacia adentro y pasé a empujones, justo cuando el borracho llegaba a donde yo estaba parada.
—¡Pequeña perra! —gritó el hombre mientras golpeaba las puertas.
Suspiré aliviada y me dejé caer en un asiento.
Me gusta este autobús porque el conductor es de los pocos que no dejan subir a borrachos problemáticos.
—¿Día difícil, linda? —preguntó una voz amable.
Miré a un lado y vi a Rosie.
Asentí con una sonrisa triste. —Podría decirse que sí.
Rosie vive a solo una cuadra de mi casa. Su esposo murió hace años.
Es la anciana más tierna que he conocido.
—Las cosas mejorarán —sonrió ella—. Recuerda que el maestro siempre guarda silencio durante la lección.
Resoplé. —Odio decírtelo, Rosie, pero llevo tres años en esta lección. Y estoy bastante segura de que estoy sola. Ningún maestro va a venir a salvarme.
—Solo dale tiempo a Dios, querida. Él tiene un futuro brillante para ti —Rosie volvió a sonreír.
Me dieron ganas de reír.
No tiene dientes, así que siempre me da risa verla sonreír.
Ella dice que si su sonrisa me hace reír, no le importa que le falten los dientes.
Además, dice que ya no le sirven de mucho. Es vegetariana, así que no necesita dientes para comer frutas y verduras.
El autobús se detuvo en la parada que está junto a Walmart.
—¡Adiós, Rosie! —le dije despidiéndome con la mano.
—Adiós, cielo. ¡Recuerda mantener la cabeza en alto! —me gritó ella.
Puse los ojos en blanco y sonreí. Típico de Rosie.
—¿Dónde rayos están los cuadernos? —me pregunté mientras caminaba por el pasillo de útiles escolares.
Desde que movieron todo en Walmart, nadie puede encontrar nada.
Sentía que me iba a arrancar el pelo si seguía buscando así.
Estaba a punto de gritar cuando una señora mayor se me acercó.
—¿Estás bien? —preguntó riendo—. Parece que te vas a jalar los pelos de la desesperación.
Suspiré. —No encuentro los cuadernos.
—¿Vas a empezar la escuela? —preguntó.
Asentí. —Voy a segundo año en Northwestern High. Empiezo mañana.
—¡Qué maravilla! —exclamó entusiasmada—. Mi hijo va ahí. Pero ¿por qué empiezas apenas ahora? Ya es el segundo semestre.
—Es que mi papá y yo nos acabamos de mudar ayer —le expliqué.
—Oh, ¿y a dónde se mudaron? —quiso saber.
¿Debería decirle? Qué más da. No es como si fuera a volver a verla nunca.
—Vivo en el centro —contesté.
—¿Ah, sí? Ahhh... por esa zona —dijo con cautela.
—Sí. Es un vecindario encantador —asentí, chorreando sarcasmo.
Ella soltó una risita.
—Bueno, mejor me voy —sonrió—. Fue un gusto conocerte.
—Igualmente —le devolví la sonrisa.
—Ah —dijo dándose la vuelta para mirarme una última vez—. Los útiles escolares están justo a la vuelta de la esquina.
Me reí. —Muchas gracias.







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